Fabián me seguía con su camioneta rumbo a Villa Gesell. Paramos en una estación de servicios a cargar combustible en nuestros vehículos y tomarnos un descanso. Él estaba como un chico; inquieto, mirando por todos lados. Le pregunté como se sentía y obviamente la respuesta era “Todo Bien”.
Cuando llegamos con nuestras esposas, nos alojamos en una casa que nos prestaron por el fin de semana.
La tarde nos sorprendió con una tormenta de rayos y agua a rolete. Caminamos por la avenida 3 de Gesell y nos empapamos. Fabián se concentraba cada vez más en el evento del domingo. Mientras, consumía hidratos de carbono y un buen cuarto kilo de helado. Paula, Silvia y Yo, disfrutábamos a destajo del tiempo. Fabián también lo hacía, pero la procesión pasaba por dentro. La ansiedad, luego de veintipico de años de no participar en un evento de tal magnitud, revoloteaba el alma de mi amigo y conmovía su espíritu.
Más allá de su orgullo, los ojos siguen siendo espejos del alma de cualquiera en esta vida.
Armó su bicicleta con minuciosa dedicación, repasó cada detalle de los implementos. Acomodó su traje de neopreno para el tramo de nado por el mar en el triatlón. Y los higos secos y cereales, eran consumidos por la intriga del corazón de saber, si después de tanto tempo, iba a llegar a la meta.
Así transcurrió el sábado, de tres personas (nosotros) acompañando las horas previas de otra (él) quine estaba por demostrarle a su alma que aún podía y con creces.
El domingo, Fabián tenía que estar a las siete en el parque cerrado con su bicicleta. Por supuesto que a las cinco de la mañana ya estaba de pie, frotándose las manos, como un paso invernal que le acurrucaba el corazón y hacía confundir las técnicas deportivas a aplicar por su cabeza.
Luego de la lluvia del sábado, el domingo descubría un cielo abierto y un sol con todo su brillo, pero el mar no estaba tan amigable como el resto de la naturaleza. Sus aguas eran un poco menos que el de los ríos de deshielo de la Patagonia.
Así, Fabián comenzó la prueba junto a casi más de ochocientas almas en diferentes categorías que llevaban sus diferentes objetivos de mochilas. Se notaba, desde afuera, que el braceo era dificultoso, que a los pocos minutos, los botes de enfermeros y asientes comenzaba a sacar a competidores con hipotermia, cansancio. Luego de cuarenta minutos o algo más, una eternidad para los competidores, comenzaron a salir a la costa. Tambaleantes, descompuestos. Ni siquiera los que seguían en carrera, salían incólumes. Fabián, había sentido el esfuerzo, el frío y los años. Pero para él, el alma no tiene edad ni conocía el cansancio. Y comenzó la segunda etapa, casi dos horas en bicicleta por la ciudad. Ni siquiera el sol ni el sudor de la marcha, aún podía quitar el frío del océano en los cuerpos de esas almas en competencia.
A pesar de la extenuante maratón, era deslumbrante ver el entusiasmo y las garras en los rostros de aquellos gladiadores y gladiadoras que llevaban sus mochilas de sueños a cuestas, cada vez más pesadas conforme avanzaba el triatlón.
Y Fabián concluyó la etapa ciclística. Al bajar, con la respiración apretada en un bolsillo imaginario, se calzaba para el tramo a trote. A la pregunta de cómo estaba, la respuesta fue un forzado “bien”. Le esperaba veintiún kilómetros para llegar a la meta. Recordé que la noche anterior, él me dijo que no había venido a ganar sino a ver si podía llegar al final. Esa era su meta. A penas con dos años más que yo, veníamos de una generación perseguida por los que envidaban que pensáramos, temerosos hasta escribir con la izquierda por si se interpretaba subversivo. Pisoteados por la burla macabra de una guerra en el sur y olvidada por la indiferencia de un pueblo que todavía no acaba de aprender la primera lección del libro. La generación que le habían arrebatado la esperanza, ahora tenía el deber de fecundarla en las que venían. Tal vez, en ese momento de la carrera, Fabián no lo sabía, pero no solamente estaba persiguiendo su meta, era la de todos nosotros también.
A las 14:10 hs, de la tarde, luego de casi seis horas de un esfuerzo sin comparación; vi a Fabián doblar la esquina y hacer los últimos cuarenta metros a la meta final… Y llegó. Medalla, una toalla para el sudor que también serviría para las lágrimas. Confundido en un abrazo con su esposa Silvia… ¿cuántas cosas estarían pasando por la cabeza de ese batallador?
Digna astilla del roble que fue su padre, Néstor Mazzarello; un profesor de la universidad y alguien quien acompañó a Fabián en todo momento y a todos lados. El que le enseñó a que las utopías sirven para seguir caminando, y que las metas son reservadas para los hombres de honor quienes escriben la verdadera historia en el silencio.
Fabián, ni siquiera preguntó en que puesto llegó en su categoría. Él ya había ganado su batalla y el honor estaba a salvo y en buenas manos. Su meta, como deportista, era llegar, así sea con las rodillas, pero llegar. No había sabido hasta más tarde que llegó quinto y que era merecedor de un trofeo del triatlón.
Mientras recuperaba el aliento, mientras se dejaba desarmar en pedazos con el deber cumplido, yo lo observaba, Paula también.
Yo no veía tan solo a un deportista, también a un hombre que se fijó su propias metas, desafió su edad y confió en su espíritu. Lo empujó sin dudas, su padre y él, ahora, a sus hijas y a nosotros. Son esas cosas mágicas que se dejan para siempre de generación en generación.
He sido testigo de un tremendo ejemplo de superación, de esos que le hacen tanta falta a nuestra sociedad acostumbrada a que todo se le dé, descubriendo que la lluvia realmente moja una vez que se desmoronó el techo de la casa.
Y no es cierto que detrá de cada gran hombre, hay una gran mujer. Ella está al lado, no detrás. Nadie puede escribir las historias solas. Lo sé por experiencia propia, por Paula. Y en el caso de Fabián, por Silvia; la que acompaña, alienta, estimula, comparte buenas y malas
Néstor Fabián Mazzarello, no quiso admitir el ejemplo, mitad humildad, mitad vergüenza. No existen los héroes como en las películas, no hay héroes de las guerras. Los hay anónimos, silenciosos, aquellos que ponen un ladrillo para, que los que vienen, pongan los suyos encima, de la misma manera, con la misma dedicación y amor.
Seguramente, Fabián estará pensando ahora su próxima meta. Me alegra saber que somos muchos, los que mantenemos la pluma en la mano… Aún queremos escribir la historia.