Hubo una vez, que el sol estaba triste. Pues se pasaba los días de los siglos, brillando y dando calor a los planetas y cada vez que quería ver a la luna, ésta se escondía detrás de la tierra. Se sentía solo, pero en un momento, decidió pedirle al universo que se le permitiera bajar a la tierra para poder sentirse más cerca de aquellos que él calentaba. Así fue que un día, el sol se disfrazó de hombre y bajó a la tierra. Caminó por las calles y se sintió feliz tan cerca como nunca de los humanos. Miraba dichoso a los niños jugar en el parque, observaba asombrado la gente caminar y los vehículos cruzar las avenidas… Y luego, advirtió a una pareja joven que paseaban tomados de la mano y que se besaban a cada rato. Los vio tan enamorados que tuvo una sana envidia el sol disfrazado de hombre. Pero también comprendió la naturaleza de su tristeza, se sentía solo, deseaba tener una pareja a quien amar, conversar, complacerla, todo aquello que él veía en esos jóvenes. Y el sol disfrazado de hombre, advirtió a una señorita sentada en el parque con un hermoso vestido blanco con lunares rojos. La veía distante, concentrada en los pájaros que revoloteaba los árboles. Por un instante, se sintió perturbado al pensar que pasaría si él se le acercaba, sin embargo, tomó fuerzas y el sol disfrazado de hombre se dirigió hacia aquella señorita hermosa. Y luego de acercarse a ella, sacó una conversación casual sobre los pájaros, sobre el día bonito y caluroso y la señorita le respondió con amabilidad, siguiendo el hilo de la conversación que hacía aunar temas tras temas, dejando a el sol disfrazado de hombre Más relajado y confiado; sobre todo, disfrutando de la espléndida sonrisa de la mujer digna de los mejores brillos del sol disfrazado de hombre en esta ocasión. Fue entonces que se animó, el sol disfrazado de hombre, invitarla a pasear por la ciudad. Ella aceptó con entusiasmo y así fueron recorriendo las calles, sonriendo, conversando tan amable e íntimamente. Disfrutaron cada momento, compartieron unos jugos en un bar, Se admiraban de las vidrieras de las tiendas, hasta que en un movimiento entre descuidado y provocado, se tomaron de la mano. El sol disfrazado de hombre, se sentía más que dichoso, pensó que jamás creía que fuera tan hermoso poder compartir tan lindos momentos con una pareja, dejar de ser él y sentirse parte de ambos. Luego de casi todo el día de estar juntos, se sentaron en una banca del parque donde partieron. Entonces, la melancolía volvió a invadir al sol disfrazado de hombre. Sabía que ya caía la tarde y la noche sería. Entonces la señorita le miró y le preguntó que le apenaba, si quería comentarle que era. Así, el sol disfrazado de hombre, se armó de valor, miró directamente a los ojos de la señorita y le dijo: -Debo confesarte algo, tal vez te parezca extraño… pero… En verdad no soy lo que crees ver. En realidad no soy un hombre común, sino que… Soy el Sol. La señorita no dejó de mirarle a los ojos y luego de un rato de silencio que a el sol disfrazado de hombre se le hizo eterno; ella le respondió tomando su mano y con una sonrisa: -Y yo te confieso… que ya lo sabía.
De Alejando Dolina