Los guerreros celtas rodearon la mesa; se quedaron un instante de pie y en silencio solemne. Se miraron a los ojos y luego asintieron con un movimiento de cabeza para tomar asiento.
Había pasado más de una década desde que los guerreros habían tomado diferentes rumbos en sus vidas. Habían pasado juntos, entonces, enormes batallas, bravas y costosas victorias, profundas perdidas, pero el honor, el valor y la libertad jamás los habían abandonados. Ellos habían marcado una época que el pueblo no olvidaría y dejaría la marca indeleble del guerrero. Ellos, eran los hombres y mujeres que ningún corazón libertario podía dejar de admirarlos.
Los guerreros aun mantenían silencio, pero fue Bernard, luego de hacer un paneo con su vista a los que lo acompañaban y aclarar su voz con un carraspeo, tomó la palabra que haría atrapar la atención de los demás.
-¡Mierda que estaba fuerte el guiso de cordero!… Estoy que exploto, casi no puedo respirar.
-Debería cuidar tu vesícula- acotó Jon – Es lo que siempre recomienda mi médico, al menos tomate un digestivo de sal de frutas. De todos modos, a pesar de mi presión arterial, le dije que no me prohibiera el whisky que es uno de los pocos gustos que me quedan.
-¿Y te deja hacerlo?- le preguntó Wilma.
-¡Nooo!… Pero que va… de todas maneras ya mi hígado anda a media máquina.
Mientras, yo observaba con asombro a mi compañero Colter por como había perdido la larga cabellera lacia que lo distinguía quedando ahora en una casi total calvicie y de su brava expresión, ahora escondida en un para de anteojos con un aumento como para ver la estrella más cercana a la tierra con nitidez. Él supo ser un excelente guía de vanguardia en las excursiones nocturnas por Belfast; ahora era un maestro en el vuelto de dinero detrás de un cajero de banco. A su lado, Berenice, un de esas chicas que se la admiraba por la manera de correr. Solía llevar los mensajes sin que el ejército la descubriera. Era un lince de cómo se escabullía y un camaleón de cómo se metamorfoseaba con el medio. Aún seguía manteniendo su hermosura pero su figura regordeta vislumbraba no solo el paso de los años sino los cinco hijos que por ella vinieran.
Josh y Fish, que fueran los mejores tiradores, tal vez lo seguirían siendo aunque de seguro la artrosis en las manos de Josh y la diabetes que comenzaba a cegar la visión de Fish no le daban fichas para apostarles por un buen disparo.
Roger quería darse vuelta para llamar al cantinero y pedir otra vuelta de whisky pero cada vez que lo hacía su pronunciada panza movía la mesa y volteaba todo cuanto había sobre ella. Aún con la tos que le entra a levantar, continuaba con su vieja costumbre de fumetear unos toscanos que drogaban hasta los más pequeños de los microbios en el ambiente.
Gina y Rolf eran los más jóvenes del grupo y del noviazgo en épocas de guerra se convirtió en un próspero matrimonio, ahora con mañas. De la misma manera se los veía a Peter y Oscar, que supieron formar un excelente equipo de guerrilla callejera, de popular fiereza y notable destreza en la estrategia. Cuando ellos entraban a un pub, la gente temblaba con solo verlos. Nadie quería encontrárselos en un callejón por las noches. Se los veía hoy día con la misma frescura que Gina y Rolf, más aún que se convirtieron en pareja en estos años en que no nos veíamos. Me sonreía verlos tan cariñosos, de furiosos gladiadores a placidos querubines.
Seguí recorriendo la mesa con mis ojos, entre mezclando sus pasados con este presente, recordando los días de compañeros y vuelta a la realidad, intactos en el alma.
Me interceptó la mirada de Berns. Él sí no había cambiado casi nada, ni su deformada robustez, ni su desalineada manera de vestirse; tampoco su parquedad en su conversación ni sus ojos vivaces y cómplices. Esa sonrisa de dientes desparejos pero felices aún brillaba. Para él, la guerra no había terminado, lo seguía debatiendo en el interior de su cuerpo; esta vez el enemigo era un cáncer. Pero no podía quebrarlo, Berns le daba batalla estoicamente, como lo hace un verdadero guerrero.
Se señaló el corazón con su dedo índice y me preguntó.
-¿Y cómo sigue tu corazón?
-Bastante bien. Hace unos meses tuve un episodio algo grave pero salí enseguida. Es el tema de que se me junta agua en el pericardio y a veces me agito demasiado y me entro a ahogar.
-Mal lugar este para tu corazón. El frío húmedo no favorece a los órganos.
-Descuida. No me va a matar la humedad.
Berns llevó el vaso de whisky a su boca y le dio un buen sorbo.
-Pareciera que los años no pasaron para nosotros, se nos cayeron todos encima… ¡Ahh, Trece años pasaron!- alegó Berns – Vaya vida que tuvimos, amigo. ¿Crees que logramos algo?
-Mira a tu alrededor – le respondí – Aunque faltan compañeros que se quedaron en el camino, estamos sentados aquí trece años después sin tener miedo, sin escondernos. Hemos sido parte de algo, Berns, no se si lo hicimos bien o mal, pero somos así.
-Es verdad. ¿Sabes?… En aquellos tiempos recordaba lo que me dijiste un vez por lo que sentiste en tu guerra, allá en las Falkands o Malvinas, y entonces pensé lo mismo. Ya peleaba por volver a casa…
Berns se quedó pensativo, con la mirada perdida en quien sabe donde.
-¿Y?
-Y cuando terminó la guerra, no sabía donde estaba mi casa ya… Solo me di cuenta con el tiempo que estaba en casa.
-¿Cuando fue eso?
-En este mismo momento, en esta mesa… Ustedes son mi casa, siempre lo fueron.
A Berns le brillaron los ojos, a mi se me hizo un nudo en la garganta, tal vez por eso alcé mi vaso y brindé con él. O tal vez fue que mi amigo me había hecho sentir que tenía razón, porque sentí que también había llegado a casa.
Miramos a nuestros amigos, veíamos en ellos lo que quedaba de cada uno de nosotros, pero lo mejor aún se preservaba. En cada uno de nosotros no se notaba el paso del tiempo, sino el de haber hecho algo para ser mejores, para un lugar mucho mejor.
Esa reunión nos selló el alma para siempre en la convicción de un gran camino. Todo lo que somos fue por nosotros, por nuestra casa.
Luego de esa noche de tragos, de baile, de música; volvimos a nuestros lugares desparramados por el mundo. Al año me enteré que Berenice tuvo su sexto hijo varón, que Colter ascendió a encargado en el banco donde trabajaba, que Gina y Rolf se mudaron a los Estados Unidos, que Peter y Oscar se casaron en Inglaterra y viajaron a Canadá y que finalmente, Berns clavó su espada en la cima de la colina para que un ángel lo elevara a los cielos.
Yo me dediqué a recuperar los años que perdí de ver a mi hijo crecer. Ahora él hace el mismo recorrido, pero sin armas, sin puños cerrados, sin esconderse ni tener miedo. Su espada es su alma y Gracias a Dios, algo bueno hice… Ahora sé que no solamente estoy en casa sino que nada fue en vano. Los guerreros no se vuelven viejos ni se mueren, solo que con el tiempo se vuelven maestros.
LUIS NELLA