¿Cómo es que nos damos cuenta que nuestra alma aprende? Esa fue una pregunta que le hice una vez a un gran amigo irlandés y gran maestro de la vida. Su respuesta fue simple: “Solo tienes que mirar para atrás, desde el día que naciste, contar los años vividos con todo lo bueno y lo malo y cuando te paras en el hoy y te sientes orgulloso es porque tu alma hubo entonces aprendido”.
Yo digo que una cosa es decir algo y otra es vivirla en carne propia y cada experiencia de vida que tenemos es lo que nos define como personas.
Hice la prueba sobre lo dicho de mi amigo; recorrí mi infancia bastante pobre y difíciles años para mis padres, sin embargo, siendo seis hermanos casi hacinados en un ambiente de 2 por cuatro metros fuimos felices, tuve una infancia buena. Aprendí a ser adolescente a los golpes, me tocó el servicio militar y la guerra, he visto el horror y creí un tiempo después que mi vida no tendría rumbo. Pero siempre tuve gente a mi lado que fue como señales en una carretera… No me dejaron perderme. Pero, ante todo y lo más importante, es que mi esencia no me permitía perderme.
Mi familia me enseñó la unión y el sacrificio, valorando cada logro, disfrutándolo. Pero nadie me enseñó de las perdidas. Mi hermano menor, que fue médico, falleció joven, y eso fue algo en el que ni mi familia ni yo nos pudimos preparar aunque lo supiéramos de ante mano. Otra persona me dijo que las personas buenas jamás mueren, viven en nosotros, en nuestros actos, trascienden de generación en generación, porque esas almas que aprenden evolucionan y enseñan a las demás también.
Aunque la cicatriz quede, podemos extrañar su presencia pero no su ausencia. Esa es la semilla de la vida que cuidamos con nuestros actos y nuestro corazón.
Aún con las guerras, con las desgracias, con los malos y buenos momentos, otro gran amigo me dijo que solo el amor te puede salvar.
Viajé, conocí mucha gente, conocí el amor de una mujer, me fue mal y me fue bien, pero aprendí. Pues de cada ser que pasó por mi vida tengo una foto de ella en mi alma, se incorporó y son partes de mí como yo soy parte de todas ellas. Eso es tan hermosos entenderlo, vivenciarlo.
Me reencontré hace poco con mi mejor amigo, luego de más de quince años sin saber de él, por esas cosas que la vida te lleva de aquí para allá. Volví a sentir la amistad de su esposa, una sensacional mujer y el cariño de sus cuatro hijos a quienes vi nacer, tenerlos en mis brazos y ahora son hombres y mujeres de bien; prósperos, generosos. Con mi amigo y hermano ahora estamos más viejos o mejor dicho, menos jóvenes, pero siento que no perdimos tiempo en no vernos sino que aprendimos y crecimos.
Llegaron a mi vida unos amigos de Tandil con quienes comenzamos a andar un sendero de amistad y de compartir tan hermoso como edificante, y uno se siente que ya son familia.
Hace poco me convertí por segunda vez en padrino de un niño al que amo con toda mi alma, Santino. Cuya madre, aún con diferencias y aciertos que tenemos, siempre estuvo en los momentos difíciles de mi vida y que comparte hasta lo que no tiene cuando me siento a su mesa en su casa, con sus hijos. Junto a ella, su esposo y gran amigo también, que a pesar de su obsesiva y testadura posición de trabajar mucho a costa de su salud, posee una generosidad pocas veces vista en un ser humano.
Me casé por primera vez bastante joven e inexperto en lo social y luego de unos años terminó en divorcio, sin embargo, no dejo de agradecer a Dios ese tiempo, que con todo lo que nos equivocamos, me dejó conocer a una extraordinaria mujer.
Busqué el amor, y como dije antes, me fue bien y mal, pero no me arrepiento, al contrario. Aprendí tanto del amor y me formaron tanto como hombre que no me alcanzará la vida para agradecer. Comencé a entender lo que me había dicho ese amigo sobre que el amor me salvaría…. Gracias por salvarme.
Por aprender, vinieron los nuevos amigos, surgidos del trabajo en el Ministerio de Educación y otros de varios sitios, pero que son los que están cuando uno se cae y ayudan a levantarse.
Terminé casándome con una espléndida mujer, Paula. Será por eso de no haber renunciado a amar y ser amado aún con todas las dificultades y contra todos aquellos que envidian que se tenga el alma que se tiene.
Anda por ahí unas personitas que son de la familia, una ya anda por el mundo, Martina del Pilar, que cumplió dos años hace días y son de los nuevos constructores del nuevo mundo que viene. Y como si fuera poco, andan dos más en camino… por ahora.
Y con todo lo que me pude haber equivocado, la vida me regaló una de las mejores cosas que puede sentir un alma. Un hijo que ya tiene dieciséis años y unos meses, Ayrton. Recién pude verlo cuando ya tenía casi once. Ahora lo veo poco, casi nuestras conversaciones son por mail o esporádicamente por teléfono, pues tiene el alma libre más que su padre, lo superó. Es mi orgullo y mi debilidad. Tiene una perspectiva de las cosas brillante y unas ganas de aprender y enseñar. Sé que andará por el mundo curando almas, haciendo que las cosas pasen. Es de esas personas que brillan con una luz inagotable. Dios ha sido tan generoso conmigo que me dejó abrazarlo, conversar, reírme, sentir y hasta llorar con él. Hace uno años tuvo un accidente de tránsito muy grave y cuando nadie daba una gota de esperanza, con esa luz que lo caracteriza, superó todo y anda como si nunca le hubiera pasado nada. Ahora está por Canadá, estudiando, alimentando su alma y siguiendo el camino que comenzó mis padres, seguí yo y continúa mi hijo con todo lo que las almas enseñan.
Sé que ya no es mi hijo, sino que es del mundo, de todos ustedes. No sé si volveré a abrazarlo, pues ya comenzó su camino solo. Lo extraño, a veces muchísimo, pero creo que para eso fui lo que fui e hice lo que hice. Somos parte de una bella construcción.
Así es que, mirando para atrás, desde que nací hasta mis actuales cuarenta y cuatro años, veo que nada fue en vano, fue aprender y enseñar, de lo malo surgió lo bueno y de los fracasos se generaron los éxitos.
Los celtas vivían sabiendo que cuando se les acabara la vida volverían para ser mejores con más fuerza, más sabios. Y no por eso vivían una vida desprendida, al contrario, lo vivían como si fuera la única oportunidad que tenían porque sabían del valor de aprender.
Por eso amigos, deseo que sepan que el regalo de la vida es día a día porque no nos daremos cuenta de otra vida luego.
Parafraseando a Neruda “He vivido” pero agrego que no me pienso perder el resto de lo que me queda por vivir.
Ahora que cambié la espada por la pluma y escribo libros, y que dejé de tener el puño cerrado, sé que he aprendido. Y se que mi amigo y maestro tenia razón en eso de sentirse orgulloso de lo vivido porque así me siento yo.
Que tu alma aprenda es la fortuna más grande que pueda tener tu vida. No podes compartir lo que no tenés ni enseñar lo que no sabes.
Ojalá puedas sentir lo mismo y que cuando mire para atrás, no sean añoranzas de lo que pudo haber sido sino saber que lo que hiciste, perdura y perdurará más allá de tu alma, de tus días y que el amor sea quien te salve y te guíe. De eso se trata aprender.
Realmente comparto la idea de la vida igual que tu; es muy bueno el articulo; realmente creo es uno como persona; crecer, aprender y cuando llegue un error enfrentarlo y seguir, es como limpiarse y decir: lo hare mejor o lo que hice tiene que mejorar.
En particular me agradan tus relatos y los comparto con muchas personas solo para que aprendan a ver la vida de otra manera y el no quejarse de ellas porque no nos deja nada bueno.