En un lugar de África, existe una aldea donde habita una comunidad de leones blancos. Todos los conocían como la Aldea Blanca y se caracterizaba por ser una colonia muy unida y ordenada. Sin embrago, para ellos no existía tiempos de paz desde que el hombre descubrió sus vastos territorios. A raíz de la codicia y del salvajismo humano, la colonia de leones blancos se vio reducida drásticamente en pocos años. Esta situación llevaba a una honda inquietud entre los leones que decidieron realizar una reunión con toda la comunidad leonina de la aldea. Invitaron a Shigo, el león patriarca y más sabio de la aldea para que precediera el mitin.
Así fue que la asamblea dio comienzo en una tarde soleada de la selva. Casi cien leones formaban una gran rueda y poco a poco se iban escuchando los pareceres y las propuestas. Tales proposiciones iban desde abandonar a la aldea en busca de sitios más seguros hasta comenzar a atacar sin miramientos a los seres humanos que rondaran por el lugar. La discusión se caldeaba cada vez más polarizándose en dos tesituras, la de huir de allí y la de asesinar a los hombres en defensa propia. Shigo el patriarca, no intervenía; observaba como sus pares discutían acaloradamente sin siquiera escucharse los unos a los otros. Cuando supo que la situación no iba a buen rumbo, se irguió, infló su pecho y resonó un rugido atemorizante que impuso un silencio profundo em consecuencia.
-Con esta charlatanería no estamos llegando a ninguna parte- sentenció Shigo- Desde hace largo rato nos estancamos en dos posiciones totalmente absurdas que no nos conduce a nada. Si nos fuéramos a otra aldea, seríamos seguidos. Al hombre no le cuesta mucho rastrearnos y no hay tal lugar seguro en el mundo ya. Si atacamos sin descaro a los humanos, seriamos doblemente perseguidos y aniquilados. ¡Mírense!… No somos asesinos, tenemos un instinto cazador que nos dotó la naturaleza para la supervivencia pero no somos asesinos… ¡Por Dios! ¿Acaso tenemos tan cerrado nuestros ojos que no se nos ocurra algo mucho mejor?
Shigo estaba verdaderamente enojado ante la poca visión de sus allegados. Pero un león muy joven, tímidamente se adelantó hacia él y le habló casi en un susurro.
-Si me permite, sabio Shigo, creo que yo tengo una idea.
El patriarca lo observó con detenimiento y curiosidad. Sabía de ese joven león, lleno de alegría y gran compañero de todos en la aldea, un joven muy voluntarioso y dispuesto.
-¿Cómo te llamas, joven?
-Mi nombre es Wadi, señor- le respondió temeroso.
-Bien, Wadi. ¿Qué idea tienes para ofrecernos?
-Señor, los humanos tienen formas que conocemos como malas. La de matar por placer, su codicia, su egoísmo. Se apoderan de lo que no les pertenece por ser la raza dominante. Pero también tienen muchas cosas buenas. Ellos pueden sentir el amor como nosotros y esa es su verdadera naturaleza. Son del mismo reino que nosotros. Yo sé que en el fondo pueden cambiar para bien y sacar a superficie sus bondades. Quizás, siendo bondadosos, mostrándoles que no somos como ellos creen y siendo amigables, entonces podríamos asociarnos y vivir en paz… No sé; creo que vale la pena el intento.
Un profundo silencio se hizo en la selva, todos miraban al patriarca en espera de su respuesta. Shigo observaba al joven Wadi sin pestañar con ojos adustos hasta que una leve mueca comenzó a dibujarse en un extremo de la boca del anciano, formando una leve sonrisa. Eso desató de inmediato la carcajada de todos los concurrentes ironizando al joven león.
-¡Silencio!- rugió con voz firme el patriarca.- Deberían darles vergüenza. Este joven ha sido el único que ha hecho una propuesta inteligente ¡¿y ustedes osan burlarse?!
Todos los leones se quedaron temerosamente callados y avergonzados. Shigo volvió la vista al joven y le dijo:
-Es un punto de vista nada despreciable, joven Wadi. Es un trabajo arduo pero valdría la pena el intento.
Otro león se adelantó pidiendo permiso para dar su opinión.
-Pero sabio Shigo, es una locura. Nos expondríamos a la locura de los humanos. Avistas pruebas que nunca en su historia han aprendido de sus propios errores. Tan solo miremos como se matan entre ellos mismos. Reconsidere esto, mi señor.
Shigo avanzó hacia el turbado león que había dicho eso y le respondió.
-Si no nos arriesgamos a los cambios, seremos prisioneros de nuestro destino. Alguien debe dar el primer paso y las cosas no sucederán si no se provocan. Estoy de acuerdo con que seamos precavidos, pero no podemos seguir huyendo ni admito que nos convirtamos en lo que son los hombres. Creo firmemente en la postura de Wadi. Eso también probará nuestra fortaleza y valentía… Ahora, queridos hermanos, votaremos. Por la aceptación de la propuesta, levanten la pata derecha.
Casi toda la comunidad la levantó.
-Bien… Ahora por la negativa…
Shigo esperó mientras repasaba con sus ojos a los concurrentes. Solo siete patas se alzaron por la negativa.
-De acuerdo… La postura de Wadi será la que sigamos… Se levanta la reunión.
Así fue que la aldea esperó con los días si la propuesta hecha por el joven Wadi era la conveniente. La prueba la tuvieron un par de leones que paseaban por el valle hasta toparse con una camioneta con personas que los habían visto. Primero, los leones se quedaron paralizados por el miedo y se miraban entre si.
-No me mires a mí. Sonríe, sé amable.- le dijo un león al otro.
-Si sonrió creerán que les estoy mostrando los dientes en actitud agresiva.
-Entonces caminemos como si nada, nos acercamos y mostramos que somos pacíficos.
Con gran temor hicieron eso y se acercaron a la camioneta pero a una distancia prudencial por si tenían que salir corriendo. Observaron los leones que las personas que estaban en la camioneta murmuraban cosas y hacían exclamaciones de asombro. Parecía que era buena gente.
Una de las personas extrajo un aparato de su bolso que heló la sangre a los leones, pero enseguida vieron que se trataba de una cámara fotográfica. Esta persona comenzó a tomarles fotos y otra de ellas sacó su filmadora para hacerles alguna toma. Los leones se sintieron aliviados y al transcurrir de los minutos, veían como los humanos no dejaban de maravillarse por ellos. Motivo que los alentó a ser mucho más amigables y comenzaron a hacer poses, revolcarse en el pastizal y hacer todo tipo de cosas para la alegría de los visitantes. Luego de un buen rato, estas personas se marcharon contentas y satisfechas. Los leones estaban tan emocionados por la experiencia que corrieron velozmente a la aldea a contarles a todos el encuentro. La vivencia había contagiado de entusiasmo a los demás leones de la aldea a tal punto que salieron al valle abierto para que les tocara en suerte un encuentro semejante.
Pasaron varios días con experiencias variadas y muy positivas con los seres humanos a tal punto que hasta algunos contaban que fueron acariciados por los visitantes. La aldea rebalsaba de alegría. Wadi estaba feliz por los resultados gracias a su propuesta, pero aún él no había experimentado un encuentro de ese nivel y salió raudo al valle para ver si tenía suerte.
Después de horas de andar por el valle, no había resultado. Ni un humano se había acercado. Pero algo cambio su suerte. Divisó a lo lejos alguien que venia caminando. ¡Sí!… ¡Es una persona! pensó el joven Wadi excitado de la emoción y se fue acercando despacio. A poca distancia, supo que se trataba de un niño pequeño que se asustó al verlo a él y rompió en llanto cayéndose de cola a la tierra.
Wadi se acercó despacio y confundido hasta saber que el niño se había asustado. Entonces trató de calmarlo mostrándole que era su amigo y que nada malo le haría. Le hacía cosquillas con su nariz y le pasaba apenas la lengua por la cabecita para que ya no llorara.
Fue buena idea. El niño comenzó a sentirse mejor y reía por lo que le hacía Wadi. El león se relajó y disfrutó del momento. Ya en confianza, jugaron un largo rato hasta que Wadi pensó que el pequeño estaría perdido y sus padres estarían muy preocupados.
“Sería una muy buena actitud buscarlos y reintegrarles al niño; favorecería más a la unidad con los humanos”, pensó con tremendo frenesí.
Wadi hizo que el niño montara en su lomo y luego comenzó a rastrear con su olfato para encontrar a sus progenitores. Así recorrieron un buen trecho hasta que Wadi divisó debajo de la colina, un campamento de seres humanos. Según su olfato, estaba seguro que el niño provenía de allí, así que bajó con el niño a cuestas hacia el campamento.
El niño reconoció el sitio y se excitó de alegría más aún cuando vio a su madre a lo lejos cerca de una de las tiendas. Entonces saltó del lomo de Wadi y corrió en dirección a su madre. El joven león aceleró su paso para cuidar que el niño no tropezara en el camino.
El niño gritaba con sus brazos extendidos de felicidad.
-¡Tengo un amigo!- gritaba el pequeño una y otra vez.
Su madre se volvió para ver de qué se trataba esa voz a lo lejos y supo que se trataba de su hijo. Pero también divisó al león detrás. Comenzó a gritar desesperadamente.
Un hombre salió de la tienda alarmado por los gritos, parecía ser su esposo y padre del pequeño. Inmediatamente volvió a entrar a la tienda y salió como un rayo nuevamente, pero esta vez portando un rifle.
Lo alzó, y apuntó, su esposa le imploraba que tuviera cuidado de su pequeño. El hombre esperó a que se corriera el niño del blanco. Cuando así fue, tuvo al león en la mira. No dudó… y disparó.
Wadi quedó petrificado por un momento y luego cayó a tierra pesadamente. El niño se dio vuelta y vio con horror a su amigo muy mal herido. Corrió a él para auxiliarlo pero su madre ya lo había alcanzado y alzado entre sus brazos.
-¡Mi amigo, mi amigo!- lloraba desconsoladamente el niño.
Su madre lo abrazaba para calmarlo mientras su esposo se acercó al león tendido y cerciorarse que no se moviera.
-¿Lo mataste?- le preguntó la esposa
-Creo que esta herido. Dejémoslo, ellos sabe curarse solos las heridas con sus lenguas. Levantemos la tienda y vayámonos de acá. Este sitio es muy peligroso. No tardaran en llegar mas leones.- dijo el hombre simplemente.
Cuando caía la tarde, cuatro leones llegaron al lugar advertidos por otros animales sobre lo que había ocurrido. Se acercaron a Wadi y verificaron que aún respiraba pero con mucha dificultad. Uno de ellos halló el disparo en su pecho.
-Humanos. – Dijo amargamente- Llevémoslo rápido a la aldea.
Al llegar a la aldea pusieron a Wadi sobre un lecho de hojas bajo los árboles. Le dieron las atenciones que pudieron, pero parecía que nada surgía efecto.
El patriarca se acercó a él y se inclinó para decirle algunas cosas al oído del malogrado joven.
-Lamento mucho lo sucedido, Wadi. Ha sido mi culpa, perdóname- le suplicó con lágrimas en los ojos el viejo Shigo.
-Wadi entreabrió sus ojos, lo miró y le respondió en un hilo de voz.
-No diga eso mi Señor. Y jamás se arrepienta de lo que acordamos en la reunión ni permita que lo haga ninguno de nosotros. Hay un niño que jamás me olvidará, él se encargará como muchos en el mundo de multiplicar el amor entre nosotros.
Luego, Wadi cerró sus tiernos ojos para siempre.
Shigo caminó consternadamente hasta lo alto de la colina y meditó bajo las estrellas un largo rato. Uno de sus allegados se le acercó y le habló en voz baja.
.-Mi Señor, esta tragedia nos hace replantear nuestra actitud con los humanos.
-De ninguna manera, mi amigo. No podemos masillar la honorabilidad de Wadi ni su sueño con nuestros miedos. No podemos renunciar a lo que tanto costó. Nuestros espíritus necesitan de un buen camino para crecer. Si renunciamos a la libertad de amar nos haremos prisionero del odio y desde el hondo dolor de este día, he aprendido algo muy importante. Viviré en el amor aunque me cueste la vida… Si debo morir, que sea en libertad
LUIS ALBERTO NELLA
m paresio una buna historia