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Despues que…

Despues que escarpe la torrmenta,
y el sol seque las lágrimas del cielo.
Despues que los campos vuevlan a ser verdes
y las flores dejen de esconderse.
Despues que el hambre ya no sea
y la peste nos deje.
Despues que hable quien debió hacerlo
y el otro escuche como debío entenderlo.
Despues que se haya terminado el camino
y puedas comenzar el tuyo.
Despues que quite los escombros y
puedas construir de nuevo.
Despues que el río vuevla a su cauce
y el árbol no caiga en silencio.
Despues que hayas comprendido, hijo mío
Y saber de mi error cometido.
Despues que no te pida que me perdones,
depsues que vayas a tu destino.
cuando todo te vuelva al alma…
despues que me haya ido.

Luis Nella

Samhein en ti

Un nuevo Samhain llega, En un mundo convulsionado, confuso, temeroso de su destino… Y muchas almas aún buscándose, soñándose, esperanzados y expectantes.  Los ojos atentos y las puertas de nuestras mentes bien abiertas para advertir todo. Es tiempo de reflexionar lo que pasa para entender lo que pasará. Es preciso saber aceptarnos, reconocernos y seremos entonces reconocidos, aceptados. No busques los caminos al amor porque el amor es el camino a todo. Nada sin ese sendero, nada si no sale de tu honesta profundidad del alma. Lo que siembras es lo que cosechas y lo que cosechamos, sabremos guardarlo para los tiempos que vienen. Ser oportunos para saber cuando volver a sembrar.

Samhain para todos, para ti y para mi. que sea tu alma la vela de tu barca y los vientos favorables a tu anhelos, las aguas tibias y mansas te abracen en el destello de lo nuevo y sea luz de tu destino. Aprende a leer el cielo, ve a donde los pájaros van. La naturaleza no se venga de quien nada le ha hecho sino su compañera. Sea la paz en ti, sea el Samhein en tu alma.

LUIS NELLA

Había encontrado un lugar al norte de Entre Ríos, casi fronteriza con la provincia de Corrientes a la vera del río Paraná. Más allá de sus nobles termas curativas, en algún momento me detuve a ver el ritmo de ese pueblo que de tanto en tanto, algún gobierno de turno se dedica a castigar sin miramientos, sin saber que allí trabajan hombres y mujeres que hacen que comamos todos los días en nuestras mesas sin preguntarons gracias a quienes.

Aún así, el pueblo resiste, resiste los embates de quienes los castigan por trabajar en el campo, saqueándoles los sueños de prosperidad, intentando decirles que el que manda es Buenos Aires, que 8 millones de torpes créen que todo es tango, fútbol y minas. Y desde su plaza central, me preguntaba si los automóviles, allí, no estaban provisto de luz de giro, me preguntaba también si era la suerte que evitaba que hubiera una colisión cada cinco minutos. Me preguntaba si no les resultaba tan exasperante conducir tan despacio, tan lento que a veces debían detenerse en alguna esquina amontonándose ordenadamente en un armonioso desorden. También me pegunté si esos vehículos no estaban equipados con bocinas.

La respuesta me vino en forma de pregunta: ¿Estaré acosumbrado al apuro de la ciduad? ¿A la prepotencia de los suburbios? ¿Quién soy yo para juzgar la conducta de quienes son los dueños de aquel sitio?

De todos los días en que estuve en ese sitio, no había escuchado ni enterado de algún delito, de algún robo, de algo que tuviera que ver con lo policial o lo corrupto. Me sorprendió un grupo de jovenes que se reunieron en la banca de la plaza a conversar, en ronda de mate. Algo me faltaba de esa imágen. ¡Claro!… ya sé. No veía las botellas de cerveza o vino en cajita, no veía los porros ni las jeringas, no veía peinados verdes, azules o naranjas. Era tanta la inocencia de aquella imágen, dirian, que comencé a avergonzarme.

Ese sitio se llama “Ciudad de La Paz”, al noreste de Entre Ríos, allí la gente corre solo para practicar en lo eventos deportivos que se desarrollan muy a menudo, sino se sientan… y pescan en el Paraná.

Decidí dejar mi auto en la plaza y caminar por el pueblo, queria disfrutarlo… Obviamente, antes de hacerlo, me aseguré de tener las cuatro puertas del auto bien cerradas y activar la alarma, ¿no?

Luis Nella

Alma, Cielo y Tierra

Los celtas, luegos de largas y duras jornadas de batallas, solían irse lejos de sus moradas, en busca de aquietar y sanar toda clase de herida. Aún indemne de cicatrices en el cuerpo, nadie salia ileso de los encontronazos, del sacrificio por la libertad… Siempre el alma era la primera dadmificada. Por ello, entre otras cosas, es que el alma del hombre buscaba consuelo en la naturaleza, en aquel sitio apacigüo que existe en todos los rincones del mundo.
El contacto con la tierra desnuda, la contemplación recostado en la hierba que orilla al lago y el silencio murmurante que circundan las montañas. El alma y la naturaleza siempre están en comunión. Una nació de la otra y viceversa, son una en manifestaciones distintas. El alma del ser humano proviene del profundo universo manifestándose en nosotros como en la naturaleza.
Será por eso, tal vez, la furia que a veces dispensa los climas, la tierra temblorosa, la ira de los vientos; castigo al hombre que osa desafiar la naturaleza que es la suya, donde no existe autonomía posible, como queriendo exisitir sin corazón ni pulmones para respirar. El alma corrputa, no comparte, arrebata, destruye para su propio fin. Y la comunión no puede ser destruida, antes lo será quien desafíe las leyes del universo.
siglos y siglos de oratorias duridras, sostienen el legado universal de la comunión. Es igual, tanto arriba como abajo, como el alma es naturaleza y universo a la vez. La identidad de Dios, la energía pura a la espera de ser conocida y comprendida por sus portadores en la vida terrenal.
El guerrero de la luz, a veces ha debido desafiar esa naturaleza por defenderla, su alma ha sido dispuesta a sacrificarse… Sabe que todo trasciende a su vida, pues el alma siempre será en la tierra como en el cielo.
Repuestos de las heridas, uno se incorpora de las hierbas y vuelve sus pasos en el sendero que le espera… y el alma volverá a ser lo que en un principio, y la naturalza aquietará su ira para volver a la inexpungable comunión.

LUIS NELLA

El hombre llegado de la Capital Federal, apenas durmió un par de horas. Quería llegar temprano a Huechulaufquen. Le habían prometido que lo esperaría un baqueano para llevarlo hasta el lago Paimún. Saludó al  dueño del hospedaje, salió de la estancia, montó su camioneta y hacia allí se dirigió.
No estaba acostumbrado a tanto frío, sus manos no paraban de temblar. De la húmeda y gris Buenos Aires, a los vientos secos del sur, había una sustancial diferencia que se sentía en los huesos, nada más que el de la gran capital, acababa con la vida de uno y en esos lugares del sur, los vientos te acompañaban a vivir.
Nunca había estado por allí, nunca creyó que existiera tanta maravilla. Se acordó de esos documentales que veía por cable, ahora creía cuando circunstancial locutor, afirmaba sentirse empequeñecido ante la obra de Dios. De todos modos, no pensó mucho en eso, toda esa inmensidad no le bastaba para llenar su corazón vacío.
Llegó a Huechulaufquen. Luego de hablar con el guarda parques, éste le indicó como encontrarse con el baqueano que lo llevaría a donde el citadino quería llegar. Fue a pié hasta el sitio señalado a pocas cuadras. Vio a un hombre que cepillaba las herraduras en los cascos de un caballo. Se acercó a él y luego de un saludo ligero, preguntó por Eliseo. Aquel que cepillaba la herradura, se incorporó y le respondió: “Un servidor”.
-Hola, mi nombre es Alberto, vengo desde Buenos Aires y mi interés es el de ir hasta el extremo del lago Paimún. Me dijeron que usted podría guiarme por un buen precio-
El baqueano  estudió al porteño de abajo hacia arriba muy parsimoniosamente. Enseguida se dio cuenta que no se trataba de los acostumbrados turistas porteños, apurados, atolondrados y soberbios que acostumbraban a tropezarse con cada piedrita que estaban a su paso.
-¿Qué tiempo piensa quedarse?- le preguntó Eliseo.
-Tal vez con un par de horas me alcance, depende del tiempo en que tardemos en llegar hasta allí.
-Bordeando el lago Huechulaufquen y mitad del Paimún, tendremos unas tres horas, ida y vuelta de cabalgata.

-Pensé que iríamos en lancha… ¿No es más rápido?
-Es mejor a caballo, tiene otro encanto… ¿Sabe cabalgar?
El porteño se ruborizó un poco y le respondió que alguna vez, cuando chico, se sacó una foto sobre un matungo en Palermo.
-Es simple, es como andar en bicicleta… Me imagino que sí sabe andar en bicicleta.
Luego de un cursillo veloz de montura y cabalgata, se dispusieron a partir al destino pedido por Alberto. Era realmente maravilloso el paisaje. entre las aguas claras y heladas del lago que reflejaba el cielo y las cimas de las montañas que se dejaban acariciar por las nubes. Los Coihues en flor abrazaban a las bandurrias que los visitaban. De vez en cuando, el baqueano se detenía a esperar a su pasajero que algunos tramos se le dificultaba.
Luego de un tiempo prolongado, llegaron a un punto de la costa del Paimún. Desmontaron de sus caballos y el citadino se acercó lentamente a la costa. Allí se quedó observando detenidamente el paisaje. Alzó levemente la vista para tomar dimensión del volcán Lanín.
Eliseo lo observaba, no comprendía aún que quería hacer este sujeto apresurado en llegar nada más que hasta aquí. Miró a su alrededor y comenzó a perturbarse.

Alberto regresó a su caballo y sacó de la alforja una especie de botellón dorado. Lo abrazó como una reliquia, lo acariciaba. Se volvió al baqueano e hizo un ademán como disculpándose.

-No le expliqué el motivo de venir hasta aquí. Seguro que creyó que solo era un simple turista.

—A decir verdad, no señor.- le respondió Eliseo.

Alberto se acercó un poco hacia el baqueano y siguió comentándole.

—Mire…Esto es una urna funeraria. Contiene las cenizas de mi esposa. Llegué hasta aquí para cumplir su deseo de esparcir sus cenizas en este lago, en este punto que me indicó. Me dijo que encontraría un sitio de la costa del Paimún en forma de golfo y con rocas. Ella se sentaba allí para observar al volcán lanín. — dijo señalando el sitio.

Eliseo lo escuchaba atentamente, solo atinó a llevar la mirada hacia la urna.

— ¿Conoce este lugar?—le preguntó Eliseo.

—Nunca estuve aquí ni en todo el sur.

—Perdone la indiscreción. Pero ¿Ella venia aquí sola?

El porteño se inquietó, bajó la vista buscando las respuestas en la tierra.

—Mi esposa era pintora. Solía viajar hasta aquí para pintar paisajes. Yo jamás la acompañé… Creo que es una de las tantas faltas que cometí… Pero, en fin, ya no sirve de mucho lamentar lo que no se hizo en su momento.

—Supongo que no, señor. Déjeme decirle que lamento mucho su perdida.

—Gracias… Más allá de lo inevitable en la vida sobre ciertas enfermedades. Mi perdida ha sido como un castigo que debo asumir.

Eliseo solo hacía silencio compadeciéndose con sus ojos en aquel hombre que comenzaba a verse abatido.

Luego de un breve silencio, aquel hombre le dijo que lanzaría las cenizas al lago si no estaba prohibido hacerlo.

—La verdad es que no lo sé, pero aún así, hágalo, aquí nadie lo está observando. Yo… yo me retiraré para que pueda estar a solas.

—No,  no lo haga… Usted es un lugareño y creo que comprende lo que significa el lugar. Creo que sabe lo que vale como lo supo mi esposa al venir hasta aquí a pintar. Merece quedarse… Claro, si no lo molesta.

—Desde luego que no, solo… me quedaré aquí. —y Eliseo se quitó su sombrero estanciero en señal de respeto.

Alberto abrió la urna y luego de balbucear algunas cosas en muy bajo tono, empezó a lanzar las cenizas al lago. Cuando la urna ya estaba vacía, lanzó a esta con fuerzas también al lago. Luego, Alberto se dejó caer de rodillas y se tomó el rostro sin poder contener el llanto.

Eliseo, a su espalda, primero se sintió muy consternado. Luego se acercó lentamente hasta Alberto, para que finalmente le pusiera su mano derecha sobre el hombro de él en señal de consuelo y acompañamiento. Alberto se lo agradeció palmeando la mano del baqueano que permanecía firme en su hombro.

Los primeros minutos de la cabalgata de regreso, fueron en silencio, en lentitud, hasta que Eliseo rompió el silencio.

— ¿Cómo se llamaba su esposa?

—Abril, como el mejor mes del año. Su nombre tenía la calidez del sol del otoño pero con la frescura de la primavera.

—Debió amarla mucho— comentó Eliseo.

El porteño tardó en responder.

—No es cierto.

Eliseo se sorprendió, pero no se atrevía a preguntarle el porqué de esa afirmación. Esperó que el siguiera contando y así fue.

—Mis ocupaciones eran tan importantes para mi entonces, que no me di cuenta que era lo realmente importante. Creí que era feliz haberle dado un bienestar económico. Pensé que otras cosas vendrían después, era cuestión de esperar. Pero me equivoqué tanto y pagué tan alto precio.

—No quiero entrometerme, señor. Pero la gente se enferma sin importar las circunstancias. Era inevitable y no tendría que sentirse tan culpable.

—No fue su enfermedad. Ella encontró la felicidad con otra persona.

Eliseo sintió que su corazón brincó inesperadamente.

—Abril encontró su verdadero amor en este sitio.

— ¿Aquí, en Junín de los Andes? Preguntó Eliseo.

—No de este lugar justamente, sino de un sitio que creo que queda a unos treinta o treinta y cinco kilómetros de aquí, llamado Quila Quina. Ellos venían hasta el sitio del Paimún.

-—No sé que decir… ¿Usted se enteró?

—No, ella me lo contó una tarde. Mucho antes de que se enfermara.

— ¡¿Se lo contó?! — se exaltó Eliseo.

—Así es… Ella, al fin y al cabo, fue la más honesta de los dos. Tal vez no la amé como debía, tal vez ella no llegó a amarme como creí… Pero tenía su manera de amar y eso implica mucha honestidad y valentía.

—De todas maneras, no la habrá felicitado por haberle confiado semejante confesión.

—Tiene razón… Al principio me sentí muy desilusionado, defraudado. Mi propio orgullo no me preemitía ver por que se generaron las cosas como derivaron. Aún, enferma y todo, no llegaba a perdonarla. Incluso porque Abril, seguía habando de su amante en el sur. Yo no entendía por qué lo hacía, me preguntaba el porque de continuar clavándome ese puñal traicionero. Demasiado tarde me di cuenta que lo que ella me contaba era lo que había conseguido en su vida para ser feliz, ese momento que nos llevamos. Lo único que podemos llevarnos. Ese hombre le había hecho sentir y conocer aquello que yo no supe nunca enseñarle ni darle.

—Dice que ella encontró en ese hombre las cosas que la hacían feliz, ¿Verdad?

—Más que eso… Como mujer, no necesitaba tantas cosas, solo tener la libertad de sentirse parte de algo, de un todo, de un mundo dentro del mundo…. El día que yo comprendí eso, fue el mismo día que aferré su mano antes que partiera. Ahora la extraño, la extraño a horrores. Es el precio que debo pagar por lamentar lo que nunca he valorado.

Eliseo reflexionó lo que decía Alberto. El tramo de regreso se hizo más corto. Al llegar, bajaron de sus caballos y Alberto se acercó a Eliseo para acordar el precio de la guía.

—Esta corre por mi cuenta — le respondió Eliseo— Hágame el honor.

Alberto le extendió la mano en señal de agradecimiento.

—Quisiera preguntarle algo más si no le molesta— le dijo Eliseo a lo que el porteño asintió sin problemas.

— ¿No necesita conocer a el amante?… Sabiendo que vive cerca de aquí…

Alberto ensayó una sonrisa tenue y le respondió.

—Se me ocurrió por un momento, solo para agradecerle…. Pero… no sé.

—De todas maneras, quiero decirle una cosa más. Trate de no castigarse, tal vez el precio que usted dice sea justamente el que encontró su esposa… Ser parte de algo, encontrar su sitio más allá de lo material… Creo que usted me comprende.

—Sí, lo sé… Tengo ese sito, mi querido amigo, tengo que hacer ese camino con un hijo que tenemos.

Eliseo volvió a asombrarse.

—No sabía que tenían un hijo.

Alberto tardó en responder a eso, pero se sentía bien conversarlo con aquel baqueano.

—En realidad, no es mi hijo, sino uno que concibieron mi esposa y su amante. Tiene once años.

— ¿Y su amante lo sabe?

—No, ella me hizo prometerle que no lo hiciera.

Eliseo se sintió más confuso que nunca en aquel día.

—Pe… pero… ¿Por qué?

—Ella no quiso complicar el mundo de aquel hombre que le había prestado su paraíso… Pero, no sé. Tal vez un día tendré que decirle al muchacho la verdad. Tiene su derecho a su camino y para ello debe saber de donde viene. Como decimos… Ese será su lugar en el mundo.

Alberto volvió a saludar al baqueano, dio media vuelta y se fue lánguidamente hacia donde estaba su camioneta.

Eliseo lo acompañó con la mirada hasta que la camioneta de aquel hombre se confundió entre la arboleda y el sendero sinuoso de las montañas.

El guarda parques se acercó a Eliseo para conversar.

-¿Y?… ¿Cómo fue el paseo con el porteño?

Eliseo suspiró y miró al cielo.

-Bastante revelador… Una extraña vida la de ese hombre.

- ¿Por?

- Tal vez seamos todos extraños después de todo.

El guarda parques lo miró sin comprender de que hablaba.

-¿Qué querés decir?

-Yo me entiendo… La verdad es que me contó una historia tan increíble, que con todas esas emociones que me provocó, no tuve oportunidad de saber al menos como se llama mi hijo.

LUIS NELLA

Hace cuatro años atrás, un grupo de grandes amigos, hombres y mujeres, nos volviamos a encontrar en Dublin para luego cruzar Irlanda hasta el Ulster. Allí, y luego de recuerdos y creveza negra, bien espesa y picante, nos encaramamos a los montes de Lifford. Según las leyendas celtas, los guerreros que se retiraban, llevaban sus espadas hasta allí y las calvaban en la cima de los montes en señal de respeto a lo que defendió, en ofrenda al cielo por su suerte y en conjunción entre la tierra y el cielo porque ha sido el destino del guerrero, llevar el cielo sobre su cabeza y el camino bajo sus pies.
Habían quienes terminaban sus días luego de esa ofrenda y otros dejaban la espada, agradecían a Danna, la diosa de Irlanda y aceptaban el destino de maestros en lo que le restaba su vida terrenal.
Nosotros llegamos en una combi a unos diez kilómetros de las laderas montañosas para luego hacer ese trama a caballos, como lo hacían los guerreros. Uno de los amigos, consigó las espadas y los pañuelos de seda. el camino desde la base del monte a la cima, lo hicimos a pie, cinco kilómetros más.
Al llegar arriba de todo, el panorama era exquisitamente maravilloso, el sonido del viento nos recibía como un coro de ángeles y fanfarrias de pájaros. Eramos cuarenta y dos los que estábamos allí, hombres y mujeres que nos mirábamos entre sí, en silencio, hablando con las miradas, expresándonos con las lágrimas… El camino, había sido largo y duro. Yo pensaba en las funciones que tenemos en la vida, cada uno de los seres de esta tierra. No sé si alguien debía haber hecho el trabajo que hicimos otrora en el tiempo. Solo sé que sabíamos de nuestro destino y nunca renegamos de ello. Alguein tenia que cuidar a los ángeles en la tierra.
Sacamos los pañuelos de seda, el azúl que simboliza al cielo, el verde a la tierra fertil de los valles y el rojo representando al alma. Lo atamos en las empuñaduras de las espadas; luego, apuntábamos sus hojas al cielo, blandiéndolas con orgullo y amor. Alguien dijo unas palabras agradeciendo el final de un tramo del camino en la vida. Casi al unísono, clavamos las espadas sobre la cima y allí quedaron, con los pañuelos flameando, acariciados por el viento y el tiempo.
Ahora, no sé si soy maestro, sí sé que no dejaré ni un instante en mi vida de agradecer lo que aprendí… Y sé que dejé allí mi espada para llevar ahora la pluma, de una manera u otra, sigo siendo un guerrero.

LUIS NELLA

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