Fuentes web
Entradas
Comentarios

Samhein en ti

Un nuevo Samhain llega, En un mundo convulsionado, confuso, temeroso de su destino… Y muchas almas aún buscándose, soñándose, esperanzados y expectantes.  Los ojos atentos y las puertas de nuestras mentes bien abiertas para advertir todo. Es tiempo de reflexionar lo que pasa para entender lo que pasará. Es preciso saber aceptarnos, reconocernos y seremos entonces reconocidos, aceptados. No busques los caminos al amor porque el amor es el camino a todo. Nada sin ese sendero, nada si no sale de tu honesta profundidad del alma. Lo que siembras es lo que cosechas y lo que cosechamos, sabremos guardarlo para los tiempos que vienen. Ser oportunos para saber cuando volver a sembrar.

Samhain para todos, para ti y para mi. que sea tu alma la vela de tu barca y los vientos favorables a tu anhelos, las aguas tibias y mansas te abracen en el destello de lo nuevo y sea luz de tu destino. Aprende a leer el cielo, ve a donde los pájaros van. La naturaleza no se venga de quien nada le ha hecho sino su compañera. Sea la paz en ti, sea el Samhein en tu alma.

LUIS NELLA

Había encontrado un lugar al norte de Entre Ríos, casi fronteriza con la provincia de Corrientes a la vera del río Paraná. Más allá de sus nobles termas curativas, en algún momento me detuve a ver el ritmo de ese pueblo que de tanto en tanto, algún gobierno de turno se dedica a castigar sin miramientos, sin saber que allí trabajan hombres y mujeres que hacen que comamos todos los días en nuestras mesas sin preguntarons gracias a quienes.

Aún así, el pueblo resiste, resiste los embates de quienes los castigan por trabajar en el campo, saqueándoles los sueños de prosperidad, intentando decirles que el que manda es Buenos Aires, que 8 millones de torpes créen que todo es tango, fútbol y minas. Y desde su plaza central, me preguntaba si los automóviles, allí, no estaban provisto de luz de giro, me preguntaba también si era la suerte que evitaba que hubiera una colisión cada cinco minutos. Me preguntaba si no les resultaba tan exasperante conducir tan despacio, tan lento que a veces debían detenerse en alguna esquina amontonándose ordenadamente en un armonioso desorden. También me pegunté si esos vehículos no estaban equipados con bocinas.

La respuesta me vino en forma de pregunta: ¿Estaré acosumbrado al apuro de la ciduad? ¿A la prepotencia de los suburbios? ¿Quién soy yo para juzgar la conducta de quienes son los dueños de aquel sitio?

De todos los días en que estuve en ese sitio, no había escuchado ni enterado de algún delito, de algún robo, de algo que tuviera que ver con lo policial o lo corrupto. Me sorprendió un grupo de jovenes que se reunieron en la banca de la plaza a conversar, en ronda de mate. Algo me faltaba de esa imágen. ¡Claro!… ya sé. No veía las botellas de cerveza o vino en cajita, no veía los porros ni las jeringas, no veía peinados verdes, azules o naranjas. Era tanta la inocencia de aquella imágen, dirian, que comencé a avergonzarme.

Ese sitio se llama “Ciudad de La Paz”, al noreste de Entre Ríos, allí la gente corre solo para practicar en lo eventos deportivos que se desarrollan muy a menudo, sino se sientan… y pescan en el Paraná.

Decidí dejar mi auto en la plaza y caminar por el pueblo, queria disfrutarlo… Obviamente, antes de hacerlo, me aseguré de tener las cuatro puertas del auto bien cerradas y activar la alarma, ¿no?

Luis Nella

Alma, Cielo y Tierra

Los celtas, luegos de largas y duras jornadas de batallas, solían irse lejos de sus moradas, en busca de aquietar y sanar toda clase de herida. Aún indemne de cicatrices en el cuerpo, nadie salia ileso de los encontronazos, del sacrificio por la libertad… Siempre el alma era la primera dadmificada. Por ello, entre otras cosas, es que el alma del hombre buscaba consuelo en la naturaleza, en aquel sitio apacigüo que existe en todos los rincones del mundo.
El contacto con la tierra desnuda, la contemplación recostado en la hierba que orilla al lago y el silencio murmurante que circundan las montañas. El alma y la naturaleza siempre están en comunión. Una nació de la otra y viceversa, son una en manifestaciones distintas. El alma del ser humano proviene del profundo universo manifestándose en nosotros como en la naturaleza.
Será por eso, tal vez, la furia que a veces dispensa los climas, la tierra temblorosa, la ira de los vientos; castigo al hombre que osa desafiar la naturaleza que es la suya, donde no existe autonomía posible, como queriendo exisitir sin corazón ni pulmones para respirar. El alma corrputa, no comparte, arrebata, destruye para su propio fin. Y la comunión no puede ser destruida, antes lo será quien desafíe las leyes del universo.
siglos y siglos de oratorias duridras, sostienen el legado universal de la comunión. Es igual, tanto arriba como abajo, como el alma es naturaleza y universo a la vez. La identidad de Dios, la energía pura a la espera de ser conocida y comprendida por sus portadores en la vida terrenal.
El guerrero de la luz, a veces ha debido desafiar esa naturaleza por defenderla, su alma ha sido dispuesta a sacrificarse… Sabe que todo trasciende a su vida, pues el alma siempre será en la tierra como en el cielo.
Repuestos de las heridas, uno se incorpora de las hierbas y vuelve sus pasos en el sendero que le espera… y el alma volverá a ser lo que en un principio, y la naturalza aquietará su ira para volver a la inexpungable comunión.

LUIS NELLA

El hombre llegado de la Capital Federal, apenas durmió un par de horas. Quería llegar temprano a Huechulaufquen. Le habían prometido que lo esperaría un baqueano para llevarlo hasta el lago Paimún. Saludó al  dueño del hospedaje, salió de la estancia, montó su camioneta y hacia allí se dirigió.
No estaba acostumbrado a tanto frío, sus manos no paraban de temblar. De la húmeda y gris Buenos Aires, a los vientos secos del sur, había una sustancial diferencia que se sentía en los huesos, nada más que el de la gran capital, acababa con la vida de uno y en esos lugares del sur, los vientos te acompañaban a vivir.
Nunca había estado por allí, nunca creyó que existiera tanta maravilla. Se acordó de esos documentales que veía por cable, ahora creía cuando circunstancial locutor, afirmaba sentirse empequeñecido ante la obra de Dios. De todos modos, no pensó mucho en eso, toda esa inmensidad no le bastaba para llenar su corazón vacío.
Llegó a Huechulaufquen. Luego de hablar con el guarda parques, éste le indicó como encontrarse con el baqueano que lo llevaría a donde el citadino quería llegar. Fue a pié hasta el sitio señalado a pocas cuadras. Vio a un hombre que cepillaba las herraduras en los cascos de un caballo. Se acercó a él y luego de un saludo ligero, preguntó por Eliseo. Aquel que cepillaba la herradura, se incorporó y le respondió: “Un servidor”.
-Hola, mi nombre es Alberto, vengo desde Buenos Aires y mi interés es el de ir hasta el extremo del lago Paimún. Me dijeron que usted podría guiarme por un buen precio-
El baqueano  estudió al porteño de abajo hacia arriba muy parsimoniosamente. Enseguida se dio cuenta que no se trataba de los acostumbrados turistas porteños, apurados, atolondrados y soberbios que acostumbraban a tropezarse con cada piedrita que estaban a su paso.
-¿Qué tiempo piensa quedarse?- le preguntó Eliseo.
-Tal vez con un par de horas me alcance, depende del tiempo en que tardemos en llegar hasta allí.
-Bordeando el lago Huechulaufquen y mitad del Paimún, tendremos unas tres horas, ida y vuelta de cabalgata.

-Pensé que iríamos en lancha… ¿No es más rápido?
-Es mejor a caballo, tiene otro encanto… ¿Sabe cabalgar?
El porteño se ruborizó un poco y le respondió que alguna vez, cuando chico, se sacó una foto sobre un matungo en Palermo.
-Es simple, es como andar en bicicleta… Me imagino que sí sabe andar en bicicleta.
Luego de un cursillo veloz de montura y cabalgata, se dispusieron a partir al destino pedido por Alberto. Era realmente maravilloso el paisaje. entre las aguas claras y heladas del lago que reflejaba el cielo y las cimas de las montañas que se dejaban acariciar por las nubes. Los Coihues en flor abrazaban a las bandurrias que los visitaban. De vez en cuando, el baqueano se detenía a esperar a su pasajero que algunos tramos se le dificultaba.
Luego de un tiempo prolongado, llegaron a un punto de la costa del Paimún. Desmontaron de sus caballos y el citadino se acercó lentamente a la costa. Allí se quedó observando detenidamente el paisaje. Alzó levemente la vista para tomar dimensión del volcán Lanín.
Eliseo lo observaba, no comprendía aún que quería hacer este sujeto apresurado en llegar nada más que hasta aquí. Miró a su alrededor y comenzó a perturbarse.

Alberto regresó a su caballo y sacó de la alforja una especie de botellón dorado. Lo abrazó como una reliquia, lo acariciaba. Se volvió al baqueano e hizo un ademán como disculpándose.

-No le expliqué el motivo de venir hasta aquí. Seguro que creyó que solo era un simple turista.

—A decir verdad, no señor.- le respondió Eliseo.

Alberto se acercó un poco hacia el baqueano y siguió comentándole.

—Mire…Esto es una urna funeraria. Contiene las cenizas de mi esposa. Llegué hasta aquí para cumplir su deseo de esparcir sus cenizas en este lago, en este punto que me indicó. Me dijo que encontraría un sitio de la costa del Paimún en forma de golfo y con rocas. Ella se sentaba allí para observar al volcán lanín. — dijo señalando el sitio.

Eliseo lo escuchaba atentamente, solo atinó a llevar la mirada hacia la urna.

— ¿Conoce este lugar?—le preguntó Eliseo.

—Nunca estuve aquí ni en todo el sur.

—Perdone la indiscreción. Pero ¿Ella venia aquí sola?

El porteño se inquietó, bajó la vista buscando las respuestas en la tierra.

—Mi esposa era pintora. Solía viajar hasta aquí para pintar paisajes. Yo jamás la acompañé… Creo que es una de las tantas faltas que cometí… Pero, en fin, ya no sirve de mucho lamentar lo que no se hizo en su momento.

—Supongo que no, señor. Déjeme decirle que lamento mucho su perdida.

—Gracias… Más allá de lo inevitable en la vida sobre ciertas enfermedades. Mi perdida ha sido como un castigo que debo asumir.

Eliseo solo hacía silencio compadeciéndose con sus ojos en aquel hombre que comenzaba a verse abatido.

Luego de un breve silencio, aquel hombre le dijo que lanzaría las cenizas al lago si no estaba prohibido hacerlo.

—La verdad es que no lo sé, pero aún así, hágalo, aquí nadie lo está observando. Yo… yo me retiraré para que pueda estar a solas.

—No,  no lo haga… Usted es un lugareño y creo que comprende lo que significa el lugar. Creo que sabe lo que vale como lo supo mi esposa al venir hasta aquí a pintar. Merece quedarse… Claro, si no lo molesta.

—Desde luego que no, solo… me quedaré aquí. —y Eliseo se quitó su sombrero estanciero en señal de respeto.

Alberto abrió la urna y luego de balbucear algunas cosas en muy bajo tono, empezó a lanzar las cenizas al lago. Cuando la urna ya estaba vacía, lanzó a esta con fuerzas también al lago. Luego, Alberto se dejó caer de rodillas y se tomó el rostro sin poder contener el llanto.

Eliseo, a su espalda, primero se sintió muy consternado. Luego se acercó lentamente hasta Alberto, para que finalmente le pusiera su mano derecha sobre el hombro de él en señal de consuelo y acompañamiento. Alberto se lo agradeció palmeando la mano del baqueano que permanecía firme en su hombro.

Los primeros minutos de la cabalgata de regreso, fueron en silencio, en lentitud, hasta que Eliseo rompió el silencio.

— ¿Cómo se llamaba su esposa?

—Abril, como el mejor mes del año. Su nombre tenía la calidez del sol del otoño pero con la frescura de la primavera.

—Debió amarla mucho— comentó Eliseo.

El porteño tardó en responder.

—No es cierto.

Eliseo se sorprendió, pero no se atrevía a preguntarle el porqué de esa afirmación. Esperó que el siguiera contando y así fue.

—Mis ocupaciones eran tan importantes para mi entonces, que no me di cuenta que era lo realmente importante. Creí que era feliz haberle dado un bienestar económico. Pensé que otras cosas vendrían después, era cuestión de esperar. Pero me equivoqué tanto y pagué tan alto precio.

—No quiero entrometerme, señor. Pero la gente se enferma sin importar las circunstancias. Era inevitable y no tendría que sentirse tan culpable.

—No fue su enfermedad. Ella encontró la felicidad con otra persona.

Eliseo sintió que su corazón brincó inesperadamente.

—Abril encontró su verdadero amor en este sitio.

— ¿Aquí, en Junín de los Andes? Preguntó Eliseo.

—No de este lugar justamente, sino de un sitio que creo que queda a unos treinta o treinta y cinco kilómetros de aquí, llamado Quila Quina. Ellos venían hasta el sitio del Paimún.

-—No sé que decir… ¿Usted se enteró?

—No, ella me lo contó una tarde. Mucho antes de que se enfermara.

— ¡¿Se lo contó?! — se exaltó Eliseo.

—Así es… Ella, al fin y al cabo, fue la más honesta de los dos. Tal vez no la amé como debía, tal vez ella no llegó a amarme como creí… Pero tenía su manera de amar y eso implica mucha honestidad y valentía.

—De todas maneras, no la habrá felicitado por haberle confiado semejante confesión.

—Tiene razón… Al principio me sentí muy desilusionado, defraudado. Mi propio orgullo no me preemitía ver por que se generaron las cosas como derivaron. Aún, enferma y todo, no llegaba a perdonarla. Incluso porque Abril, seguía habando de su amante en el sur. Yo no entendía por qué lo hacía, me preguntaba el porque de continuar clavándome ese puñal traicionero. Demasiado tarde me di cuenta que lo que ella me contaba era lo que había conseguido en su vida para ser feliz, ese momento que nos llevamos. Lo único que podemos llevarnos. Ese hombre le había hecho sentir y conocer aquello que yo no supe nunca enseñarle ni darle.

—Dice que ella encontró en ese hombre las cosas que la hacían feliz, ¿Verdad?

—Más que eso… Como mujer, no necesitaba tantas cosas, solo tener la libertad de sentirse parte de algo, de un todo, de un mundo dentro del mundo…. El día que yo comprendí eso, fue el mismo día que aferré su mano antes que partiera. Ahora la extraño, la extraño a horrores. Es el precio que debo pagar por lamentar lo que nunca he valorado.

Eliseo reflexionó lo que decía Alberto. El tramo de regreso se hizo más corto. Al llegar, bajaron de sus caballos y Alberto se acercó a Eliseo para acordar el precio de la guía.

—Esta corre por mi cuenta — le respondió Eliseo— Hágame el honor.

Alberto le extendió la mano en señal de agradecimiento.

—Quisiera preguntarle algo más si no le molesta— le dijo Eliseo a lo que el porteño asintió sin problemas.

— ¿No necesita conocer a el amante?… Sabiendo que vive cerca de aquí…

Alberto ensayó una sonrisa tenue y le respondió.

—Se me ocurrió por un momento, solo para agradecerle…. Pero… no sé.

—De todas maneras, quiero decirle una cosa más. Trate de no castigarse, tal vez el precio que usted dice sea justamente el que encontró su esposa… Ser parte de algo, encontrar su sitio más allá de lo material… Creo que usted me comprende.

—Sí, lo sé… Tengo ese sito, mi querido amigo, tengo que hacer ese camino con un hijo que tenemos.

Eliseo volvió a asombrarse.

—No sabía que tenían un hijo.

Alberto tardó en responder a eso, pero se sentía bien conversarlo con aquel baqueano.

—En realidad, no es mi hijo, sino uno que concibieron mi esposa y su amante. Tiene once años.

— ¿Y su amante lo sabe?

—No, ella me hizo prometerle que no lo hiciera.

Eliseo se sintió más confuso que nunca en aquel día.

—Pe… pero… ¿Por qué?

—Ella no quiso complicar el mundo de aquel hombre que le había prestado su paraíso… Pero, no sé. Tal vez un día tendré que decirle al muchacho la verdad. Tiene su derecho a su camino y para ello debe saber de donde viene. Como decimos… Ese será su lugar en el mundo.

Alberto volvió a saludar al baqueano, dio media vuelta y se fue lánguidamente hacia donde estaba su camioneta.

Eliseo lo acompañó con la mirada hasta que la camioneta de aquel hombre se confundió entre la arboleda y el sendero sinuoso de las montañas.

El guarda parques se acercó a Eliseo para conversar.

-¿Y?… ¿Cómo fue el paseo con el porteño?

Eliseo suspiró y miró al cielo.

-Bastante revelador… Una extraña vida la de ese hombre.

- ¿Por?

- Tal vez seamos todos extraños después de todo.

El guarda parques lo miró sin comprender de que hablaba.

-¿Qué querés decir?

-Yo me entiendo… La verdad es que me contó una historia tan increíble, que con todas esas emociones que me provocó, no tuve oportunidad de saber al menos como se llama mi hijo.

LUIS NELLA

Hace cuatro años atrás, un grupo de grandes amigos, hombres y mujeres, nos volviamos a encontrar en Dublin para luego cruzar Irlanda hasta el Ulster. Allí, y luego de recuerdos y creveza negra, bien espesa y picante, nos encaramamos a los montes de Lifford. Según las leyendas celtas, los guerreros que se retiraban, llevaban sus espadas hasta allí y las calvaban en la cima de los montes en señal de respeto a lo que defendió, en ofrenda al cielo por su suerte y en conjunción entre la tierra y el cielo porque ha sido el destino del guerrero, llevar el cielo sobre su cabeza y el camino bajo sus pies.
Habían quienes terminaban sus días luego de esa ofrenda y otros dejaban la espada, agradecían a Danna, la diosa de Irlanda y aceptaban el destino de maestros en lo que le restaba su vida terrenal.
Nosotros llegamos en una combi a unos diez kilómetros de las laderas montañosas para luego hacer ese trama a caballos, como lo hacían los guerreros. Uno de los amigos, consigó las espadas y los pañuelos de seda. el camino desde la base del monte a la cima, lo hicimos a pie, cinco kilómetros más.
Al llegar arriba de todo, el panorama era exquisitamente maravilloso, el sonido del viento nos recibía como un coro de ángeles y fanfarrias de pájaros. Eramos cuarenta y dos los que estábamos allí, hombres y mujeres que nos mirábamos entre sí, en silencio, hablando con las miradas, expresándonos con las lágrimas… El camino, había sido largo y duro. Yo pensaba en las funciones que tenemos en la vida, cada uno de los seres de esta tierra. No sé si alguien debía haber hecho el trabajo que hicimos otrora en el tiempo. Solo sé que sabíamos de nuestro destino y nunca renegamos de ello. Alguein tenia que cuidar a los ángeles en la tierra.
Sacamos los pañuelos de seda, el azúl que simboliza al cielo, el verde a la tierra fertil de los valles y el rojo representando al alma. Lo atamos en las empuñaduras de las espadas; luego, apuntábamos sus hojas al cielo, blandiéndolas con orgullo y amor. Alguien dijo unas palabras agradeciendo el final de un tramo del camino en la vida. Casi al unísono, clavamos las espadas sobre la cima y allí quedaron, con los pañuelos flameando, acariciados por el viento y el tiempo.
Ahora, no sé si soy maestro, sí sé que no dejaré ni un instante en mi vida de agradecer lo que aprendí… Y sé que dejé allí mi espada para llevar ahora la pluma, de una manera u otra, sigo siendo un guerrero.

LUIS NELLA

Hablando con caballos

Recuerdo un hermoso caballo azabache que le había alcanzado en una de sus patas delanteras la propalación de un rayo que había caído en los bosques. No solo las quemaduras que curaron primero, sino el susto que asimiló el animal lo dejó retobado y no hay nada más peligroso que un caballo retobado. Todos los intentos de veterinarios y afines, fueron en vano. La solució próxima era sacrificarlo. Pero el dueño del animal confió en un amigo mio que siempre andaba con caballos por las montañas. Verlo, era poco propisio para la estética, era dealineado, llevaba como peinado al viento a lo largo de su cabellera extensa, sus arrugas se endurecían en una incionfundible sabiduría de vejes, pero sentarse y escucharlo hablar, era todo un deleite, un placer a los sentidos y un recreo al alma ávida de sabiuría. Un mapuche olvidado por los de esta parte del mundo, pero siempre acompañado por la mejor parte de éste. No solo aceptó el desafío, sino que me tomó a mi como su aprendíz. Así fue que el primer dia de la “terapia equina” al mapuche no se le ocurrió mejor idea que abrir el corral y dejar que el caballo retobado e escapara. No hice comentario, pero él habrá visto mi expresión de honda preocupación por saber que driía el dueño cuando sepa que su caballo, al que confió, le abrmos la tranquera y salió como el mismo que le quemó la pata, perdiéndose en el espeso pinar de Quila Quina. Mi amigo, lejos de preocuparse, montó su caballo y me ordenó subir al mío. Salimos a cabalgar en la misma dirección en que el retobao había huido.De tanto en tanto, él se detenía observaba con detenimiento el suelo y luego olfateaba el aire. Con una leve indicación suya proseguíamos. Luego de un poco más de dos horas, avistamos al caballo en medio del valle, entre los líquenes y las rosas mosquetas. Muy despacio, señaló la cabalagata el mapuche y nos detuvimos a unos trecientos metros del caballo. Cuidadosamente desmontamos y caminamos otros cincenta metros. Se detuvo él y entonces me detuve yo. Se puso de cunclillas y yo lo imité. Esperaba ansioso mis primeras lecciones de recuperación de un caballo retobado. Luego de media hora de silencio, sin nada por hacer y con mis piernas acalambradas por la posción, le pregunté que estabamos esperando para comenzar. Me respondió sin quitar su vista del caballo a lo lejos: “Desde que legamos que estamos trabajando”. Me sentí despistado, miraba para todos lados sin comprender qué es lo que habíamos iniciado. Le dije que me iba a incorporar para estirar las piernas, y me respondió que me arrastrara y me sentara sobre alguna roca o tronco, pero que solo se me viera la mitad del cuerpo entre los arbustos para el caballo y yo no lo perdiera de vista. Le pregunté que es lo que estábamos haciendo. Me contestó que solo lo mirase, en silencio, como si nada, el animal debia acostumbrarse a compartir el lugar con nosotros y eso llevaria tiempo. No se si eso daria resultado pero hice caso y me senté en un tronco. Así pasaron horas, nosotros de un lado y el caballo retobado a doscientos metros, separados por el ondular del viento entre las malezas. El indio tomó algo de la tierra, se lo llevó a la boca y lo masticó. Me lanzo un poco de eso para que hiciera lo mismo. Lo tomé y observé de que se trataba. Eran como hojitas verdes redondas y de espesor como una pastilla masticable. “¿Qué es?” le pregunté. “Quilla… es medicinal… te cura el dolor de muelas, controla la presión arterial, pasa el dolor de cabezas, mantiene los dientes limpios, fortalece tu piel, nunca te engripas o enfermas de nada… además te mantiene despierto”. Lo mastiqué de un saque… ¡Dios!… casi vomito. Me ayudó a concentrarme en el caballo, y hasta ya me parecía distinto el sonido del viento. Parecía que escuchaba con mayor claridad a las bandurrias y sentía claramente el golpeteo que hacía el caballo con su casco de la pata trasera derecha. De cuando en cuando, se movía de un lado a otro, parecía como ofuscado por nuestra presnecia, pero luego de variso refunfuneos, parecía resignarse y se agachaba a pastar. Así estuvimos varias horas hasta que el mapuche se incorporó y me indicó que nos ibamos. Dijo que mañana volveríamos. Le indagué cómo lo dejariamos allí y me respondió que no me preocupara, mañana estaría por aquí, no se va tan lejos una vez que encontró un sitio seguro. Al otro día volvimos y efectivamente el retobao andaba por ahí. volvimos a sentarnos y volvimos a esperar, pero tambien haciendo otras cosas, como si no tuvieramos en cuenta a el caballo. Eso sí, ni una palabra, tdo silencio entre nosotros. Así estuvimos una semana y ya casi estábamos a cincuenta metros del caballo. Ese día, el maapuche dijo que estaba listo. Le pregunté como sabía, qué señal le había dado el caballo para saber que estaba listo. Mi amigo me respondió que no hablaba del caballo sino de mi. no comprendí que quiso decir. “A parrtir de ahora, solo vos te quedarás con el caballo hasta que te permita tocarlo”. Casi me desmayo, me tremblaba las piernas, le preguntaba como iba a lograrlo, no concocía las técnicas, no sabría cual seria el momento. Me contestó, que eso no se enseña, eso se siente cuando uno se deja ser parte de la naturaleza. Así fue que el Mapuche luego de palmearme la espalda, me alentó , se incorporó y se marchó sin antes decirme que nos veriamos al anochecer. Así que me quedé solo, sin saber que paso seguía. Parecia que el caballo lo había notado, pues se lo notaba inquieto y resoplaba entre relinchos cortados. Miré la hora en mi reloj, luego decidí quitarmelo de la muñeca y gardarlo en el bolsillo de mi gabán. Perfería no saber del tiempo, creo que se trataba de ser parte de él.

Sin darme cuenta, cada hora que pasaba allí, a cincuenta metros del caballo, me concentraba más tanto con el caballo como con el entorno. Era placenteramente único esos momentos en que toda la naturaleza conmovía mis sentidos. Ya no solamente sentía el sonido del viento y la fricción de las malezas. Podía percibir el arruyo de los riachos que bajaban de la montaña a más de un kilómetro. El aroma del aire, mezcla pinar, mezcla rosas mosquetas, mezcla del lago. Por momentos cerrraba los ojos e incorporaba a todo ello, el sonido del latido de mi corazón, tan armonioso… tranquilo.
El caballo relinchaba alguna que otra vez y lo miraba pero no con tanta atención. Me incorporé y caminé unos pasos más hacia él, lentamente, como quien se deja llevar a la deriva. Supe que el retobado no retrocedía, al contrario, golpeaba los casos deltanteros como desafiándome a no acercarme, pero le hacía caso omiso. Volví a sentarme y allí me quedé casi ignorándolo.
Había pasado un par de horas en que él me estudiaba y cada vez se acercaba unos centímetros. Llegó a estar a un par de mertos de mi, se puso a pastorear ignorándo mi presencia como yo la suya, pero sabíamos mutuamente de que estabamos ahí. Pude percibir como un halo mágico, su vibración, ya media su respiración y supe que comenzaba a sentir confianza del entorno y de mi. En un instante, amagó con acercarse más a mi como queriendo algo, pero se arrepintió en el camino. Por primera vez rompí mi silencio… “Hasta mañana” le dije, me levanté y me alejé pausadamente del sitio.
Al amanecer, ya me encontraba nuevamente allí, con una mochila, me senté cerca del caballo que pastoreaba, Hacía como si no me hubiera visto, pero sus ojos de vez en cuando los revoleaba hacia mi. Ya sus orejas no apuntaban hacia atrás, estaban descansadas hacia delante, señal que no estaba para nada tensionado..
Me puse los guantes y extraje de m mochila un pedazo de batata. Partí un poco y lo comí, luego me paré y me acerqué a un metro del caballo.Extendí mi brazo ofreciéndole el resto de la batata. Su primer gesto fue poner las orejas hacia atrás, agitó brevemente la cabeza y los orificiios de su hocíco se hincharon, pero paulatinamente se tranquilizó. Dudó un instante más, yo mantenía mi brazo extendído ofreciéndole la batata. Finalmente se animó y mordió la miad de la ofrenda.
Parecía disfrutarlo. Su crin se suavizaba, el pelaje del lomo descansaba apenas agitada por la brisa. Volvió su hocico a mi mano en busca del resto de la batata.
Las próximas dos horas fueron de acercamiento mutuo, no nos distanciabamos a mas de un par de metros. Comencé la sigueinte fase, caminé con cautela alrededor de él. Me seguia con su vista pero cuando pasaba por detrás no se volvió, se quedó estático a la espera hasta que volvió a divisarme por su flanco izquierdo. Terminé el círuclo y me paré junto a él. Lo observé atentamente y me percaté por priemra vez de su belleza, sus líneas casi perectas. Sus ojos habian cambiado de apsecto nitidamente; lucían inocentes, frescos, curiosos pero a la vez pasivos.
Respieré hondo y lentamente retiré el guante de mi mano derecha. Alcé mi brazo, evitando todo movimiento brusco y fui apoyando, pirmero mis dedos y luego mi palma sobre su hocico. Luego de un instante, comencé a deslizar mi mano a lo largo de su hocico de manera lenta y tiernamente. Volví a hablarle, a decirle lo bello que era, lo fuerte que se lo podía percibir. Parecía que el animal percibía a su vez mi cariño y apenas movia la cabeza como si sintiera cosquillas. Un pequeño relincho daba su señal de satifacción. Eso me hizo confiar más y comencé a sobar su cuello hasta su crin. Me tomé todo el tiempo, el que no existía en ese momento. Alcancé su lomo y luego la prueba de fuego. Baje por su pata que había sufrido las quemaduras. Al principio, se inquietó, lo calmé con mi voz sosteniédole la pata si apretar pero con firmeza. Me saqué el otro guante y osculté sus heridas ya sanadas. Apoyé completamente la palma en señal de seguridad y resguardo para él.
Me incorporé y caminé hasta donde estaba mi mochila. Extraje un lazo y me volví a colocar uno de los guantes. Retorné al caballo, volví a acariciar su hocico, luego preparé la cuerda frente a él para que viera que hacia el lazo. No parecia inquietarlo, pero estaba expectante.Muy despacio xomencé a deslizar la cuerda por su hocico pero un leve cabeceo lo impidió. Volví a tranquiizarlo con mi voz y con las caricas suaves. Al segundo intento, el lazo pasó totalmente hasta la base de su cuello.
Esperé unos minutos para tironera suave y despaciosamente de la cuerda. El caballo adeltanó unos pasos. Supe que ya estaba listo para retornar. Caminaba detras de mi, yo le mostraba confianza, no temía por lo que fuera a hacer, sentía que estabamos muy bien.
Al atardecer, llegué al corral con el caballo ya bastante curado. Mi amigo el mapuche, me observaba sentado en la cerca, expresando una leve sonrisa y asintiendo con su cabeza.
Lo entré al corral y dejpe el lazo colgado de la tranquera. “Creo que está listo” le dije a mi amigo. “Aún no lo sabemos, todavía falta unos días de trabajo y veremos si se curó o no. Mañana, bien temprano comenzaremos” indicó el mapuche.
No spue que estabamos en mitad del porceso, pero de todos modos, lo que comencé en ese tiempo había sido sencillamente maravilloso. El caballo había cambiado bastante, pero yo había cambiado completamente.

Sin darme cuenta, cada hora que pasaba allí, a cincuenta metros del caballo, me concentraba más tanto con el caballo como con el entorno. Era placenteramente único esos momentos en que toda la naturaleza conmovía mis sentidos. Ya no solamente sentía el sonido del viento y la fricción de las malezas. Podía percibir el arruyo de los riachos que bajaban de la montaña a más de un kilómetro. El aroma del aire, mezcla pinar, mezcla rosas mosquetas, mezcla del lago. Por momentos cerrraba los ojos e incorporaba a todo ello, el sonido del latido de mi corazón, tan armonioso… tranquilo.
El caballo relinchaba alguna que otra vez y lo miraba pero no con tanta atención. Me incorporé y caminé unos pasos más hacia él, lentamente, como quien se deja llevar a la deriva. Supe que el retobado no retrocedía, al contrario, golpeaba los casos deltanteros como desafiándome a no acercarme, pero le hacía caso omiso. Volví a sentarme y allí me quedé casi ignorándolo.
Había pasado un par de horas en que él me estudiaba y cada vez se acercaba unos centímetros. Llegó a estar a un par de mertos de mi, se puso a pastorear ignorándo mi presencia como yo la suya, pero sabíamos mutuamente de que estabamos ahí. Pude percibir como un halo mágico, su vibración, ya media su respiración y supe que comenzaba a sentir confianza del entorno y de mi. En un instante, amagó con acercarse más a mi como queriendo algo, pero se arrepintió en el camino. Por primera vez rompí mi silencio… “Hasta mañana” le dije, me levanté y me alejé pausadamente del sitio.
Al amanecer, ya me encontraba nuevamente allí, con una mochila, me senté cerca del caballo que pastoreaba, Hacía como si no me hubiera visto, pero sus ojos de vez en cuando los revoleaba hacia mi. Ya sus orejas no apuntaban hacia atrás, estaban descansadas hacia delante, señal que no estaba para nada tensionado..
Me puse los guantes y extraje de m mochila un pedazo de batata. Partí un poco y lo comí, luego me paré y me acerqué a un metro del caballo.Extendí mi brazo ofreciéndole el resto de la batata. Su primer gesto fue poner las orejas hacia atrás, agitó brevemente la cabeza y los orificiios de su hocíco se hincharon, pero paulatinamente se tranquilizó. Dudó un instante más, yo mantenía mi brazo extendído ofreciéndole la batata. Finalmente se animó y mordió la miad de la ofrenda.
Parecía disfrutarlo. Su crin se suavizaba, el pelaje del lomo descansaba apenas agitada por la brisa. Volvió su hocico a mi mano en busca del resto de la batata.
Las próximas dos horas fueron de acercamiento mutuo, no nos distanciabamos a mas de un par de metros. Comencé la sigueinte fase, caminé con cautela alrededor de él. Me seguia con su vista pero cuando pasaba por detrás no se volvió, se quedó estático a la espera hasta que volvió a divisarme por su flanco izquierdo. Terminé el círuclo y me paré junto a él. Lo observé atentamente y me percaté por priemra vez de su belleza, sus líneas casi perectas. Sus ojos habian cambiado de apsecto nitidamente; lucían inocentes, frescos, curiosos pero a la vez pasivos.
Respieré hondo y lentamente retiré el guante de mi mano derecha. Alcé mi brazo, evitando todo movimiento brusco y fui apoyando, pirmero mis dedos y luego mi palma sobre su hocico. Luego de un instante, comencé a deslizar mi mano a lo largo de su hocico de manera lenta y tiernamente. Volví a hablarle, a decirle lo bello que era, lo fuerte que se lo podía percibir. Parecía que el animal percibía a su vez mi cariño y apenas movia la cabeza como si sintiera cosquillas. Un pequeño relincho daba su señal de satifacción. Eso me hizo confiar más y comencé a sobar su cuello hasta su crin. Me tomé todo el tiempo, el que no existía en ese momento. Alcancé su lomo y luego la prueba de fuego. Baje por su pata que había sufrido las quemaduras. Al principio, se inquietó, lo calmé con mi voz sosteniédole la pata si apretar pero con firmeza. Me saqué el otro guante y osculté sus heridas ya sanadas. Apoyé completamente la palma en señal de seguridad y resguardo para él.
Me incorporé y caminé hasta donde estaba mi mochila. Extraje un lazo y me volví a colocar uno de los guantes. Retorné al caballo, volví a acariciar su hocico, luego preparé la cuerda frente a él para que viera que hacia el lazo. No parecia inquietarlo, pero estaba expectante.Muy despacio xomencé a deslizar la cuerda por su hocico pero un leve cabeceo lo impidió. Volví a tranquiizarlo con mi voz y con las caricas suaves. Al segundo intento, el lazo pasó totalmente hasta la base de su cuello.
Esperé unos minutos para tironera suave y despaciosamente de la cuerda. El caballo adeltanó unos pasos. Supe que ya estaba listo para retornar. Caminaba detras de mi, yo le mostraba confianza, no temía por lo que fuera a hacer, sentía que estabamos muy bien.
Al atardecer, llegué al corral con el caballo ya bastante curado. Mi amigo el mapuche, me observaba sentado en la cerca, expresando una leve sonrisa y asintiendo con su cabeza.
Lo entré al corral y dejpe el lazo colgado de la tranquera. “Creo que está listo” le dije a mi amigo. “Aún no lo sabemos, todavía falta unos días de trabajo y veremos si se curó o no. Mañana, bien temprano comenzaremos” indicó el mapuche.
No spue que estabamos en mitad del porceso, pero de todos modos, lo que comencé en ese tiempo había sido sencillamente maravilloso. El caballo había cambiado bastante, pero yo había cambiado completamente.

LUIS NELLA

Entradas antiguas »