El hombre llegado de la Capital Federal, apenas durmió un par de horas. Quería llegar temprano a Huechulaufquen. Le habían prometido que lo esperaría un baqueano para llevarlo hasta el lago Paimún. Saludó al dueño del hospedaje, salió de la estancia, montó su camioneta y hacia allí se dirigió.
No estaba acostumbrado a tanto frío, sus manos no paraban de temblar. De la húmeda y gris Buenos Aires, a los vientos secos del sur, había una sustancial diferencia que se sentía en los huesos, nada más que el de la gran capital, acababa con la vida de uno y en esos lugares del sur, los vientos te acompañaban a vivir.
Nunca había estado por allí, nunca creyó que existiera tanta maravilla. Se acordó de esos documentales que veía por cable, ahora creía cuando circunstancial locutor, afirmaba sentirse empequeñecido ante la obra de Dios. De todos modos, no pensó mucho en eso, toda esa inmensidad no le bastaba para llenar su corazón vacío.
Llegó a Huechulaufquen. Luego de hablar con el guarda parques, éste le indicó como encontrarse con el baqueano que lo llevaría a donde el citadino quería llegar. Fue a pié hasta el sitio señalado a pocas cuadras. Vio a un hombre que cepillaba las herraduras en los cascos de un caballo. Se acercó a él y luego de un saludo ligero, preguntó por Eliseo. Aquel que cepillaba la herradura, se incorporó y le respondió: “Un servidor”.
-Hola, mi nombre es Alberto, vengo desde Buenos Aires y mi interés es el de ir hasta el extremo del lago Paimún. Me dijeron que usted podría guiarme por un buen precio-
El baqueano estudió al porteño de abajo hacia arriba muy parsimoniosamente. Enseguida se dio cuenta que no se trataba de los acostumbrados turistas porteños, apurados, atolondrados y soberbios que acostumbraban a tropezarse con cada piedrita que estaban a su paso.
-¿Qué tiempo piensa quedarse?- le preguntó Eliseo.
-Tal vez con un par de horas me alcance, depende del tiempo en que tardemos en llegar hasta allí.
-Bordeando el lago Huechulaufquen y mitad del Paimún, tendremos unas tres horas, ida y vuelta de cabalgata.
-Pensé que iríamos en lancha… ¿No es más rápido?
-Es mejor a caballo, tiene otro encanto… ¿Sabe cabalgar?
El porteño se ruborizó un poco y le respondió que alguna vez, cuando chico, se sacó una foto sobre un matungo en Palermo.
-Es simple, es como andar en bicicleta… Me imagino que sí sabe andar en bicicleta.
Luego de un cursillo veloz de montura y cabalgata, se dispusieron a partir al destino pedido por Alberto. Era realmente maravilloso el paisaje. entre las aguas claras y heladas del lago que reflejaba el cielo y las cimas de las montañas que se dejaban acariciar por las nubes. Los Coihues en flor abrazaban a las bandurrias que los visitaban. De vez en cuando, el baqueano se detenía a esperar a su pasajero que algunos tramos se le dificultaba.
Luego de un tiempo prolongado, llegaron a un punto de la costa del Paimún. Desmontaron de sus caballos y el citadino se acercó lentamente a la costa. Allí se quedó observando detenidamente el paisaje. Alzó levemente la vista para tomar dimensión del volcán Lanín.
Eliseo lo observaba, no comprendía aún que quería hacer este sujeto apresurado en llegar nada más que hasta aquí. Miró a su alrededor y comenzó a perturbarse.
Alberto regresó a su caballo y sacó de la alforja una especie de botellón dorado. Lo abrazó como una reliquia, lo acariciaba. Se volvió al baqueano e hizo un ademán como disculpándose.
-No le expliqué el motivo de venir hasta aquí. Seguro que creyó que solo era un simple turista.
—A decir verdad, no señor.- le respondió Eliseo.
Alberto se acercó un poco hacia el baqueano y siguió comentándole.
—Mire…Esto es una urna funeraria. Contiene las cenizas de mi esposa. Llegué hasta aquí para cumplir su deseo de esparcir sus cenizas en este lago, en este punto que me indicó. Me dijo que encontraría un sitio de la costa del Paimún en forma de golfo y con rocas. Ella se sentaba allí para observar al volcán lanín. — dijo señalando el sitio.
Eliseo lo escuchaba atentamente, solo atinó a llevar la mirada hacia la urna.
— ¿Conoce este lugar?—le preguntó Eliseo.
—Nunca estuve aquí ni en todo el sur.
—Perdone la indiscreción. Pero ¿Ella venia aquí sola?
El porteño se inquietó, bajó la vista buscando las respuestas en la tierra.
—Mi esposa era pintora. Solía viajar hasta aquí para pintar paisajes. Yo jamás la acompañé… Creo que es una de las tantas faltas que cometí… Pero, en fin, ya no sirve de mucho lamentar lo que no se hizo en su momento.
—Supongo que no, señor. Déjeme decirle que lamento mucho su perdida.
—Gracias… Más allá de lo inevitable en la vida sobre ciertas enfermedades. Mi perdida ha sido como un castigo que debo asumir.
Eliseo solo hacía silencio compadeciéndose con sus ojos en aquel hombre que comenzaba a verse abatido.
Luego de un breve silencio, aquel hombre le dijo que lanzaría las cenizas al lago si no estaba prohibido hacerlo.
—La verdad es que no lo sé, pero aún así, hágalo, aquí nadie lo está observando. Yo… yo me retiraré para que pueda estar a solas.
—No, no lo haga… Usted es un lugareño y creo que comprende lo que significa el lugar. Creo que sabe lo que vale como lo supo mi esposa al venir hasta aquí a pintar. Merece quedarse… Claro, si no lo molesta.
—Desde luego que no, solo… me quedaré aquí. —y Eliseo se quitó su sombrero estanciero en señal de respeto.
Alberto abrió la urna y luego de balbucear algunas cosas en muy bajo tono, empezó a lanzar las cenizas al lago. Cuando la urna ya estaba vacía, lanzó a esta con fuerzas también al lago. Luego, Alberto se dejó caer de rodillas y se tomó el rostro sin poder contener el llanto.
Eliseo, a su espalda, primero se sintió muy consternado. Luego se acercó lentamente hasta Alberto, para que finalmente le pusiera su mano derecha sobre el hombro de él en señal de consuelo y acompañamiento. Alberto se lo agradeció palmeando la mano del baqueano que permanecía firme en su hombro.
Los primeros minutos de la cabalgata de regreso, fueron en silencio, en lentitud, hasta que Eliseo rompió el silencio.
— ¿Cómo se llamaba su esposa?
—Abril, como el mejor mes del año. Su nombre tenía la calidez del sol del otoño pero con la frescura de la primavera.
—Debió amarla mucho— comentó Eliseo.
El porteño tardó en responder.
—No es cierto.
Eliseo se sorprendió, pero no se atrevía a preguntarle el porqué de esa afirmación. Esperó que el siguiera contando y así fue.
—Mis ocupaciones eran tan importantes para mi entonces, que no me di cuenta que era lo realmente importante. Creí que era feliz haberle dado un bienestar económico. Pensé que otras cosas vendrían después, era cuestión de esperar. Pero me equivoqué tanto y pagué tan alto precio.
—No quiero entrometerme, señor. Pero la gente se enferma sin importar las circunstancias. Era inevitable y no tendría que sentirse tan culpable.
—No fue su enfermedad. Ella encontró la felicidad con otra persona.
Eliseo sintió que su corazón brincó inesperadamente.
—Abril encontró su verdadero amor en este sitio.
— ¿Aquí, en Junín de los Andes? Preguntó Eliseo.
—No de este lugar justamente, sino de un sitio que creo que queda a unos treinta o treinta y cinco kilómetros de aquí, llamado Quila Quina. Ellos venían hasta el sitio del Paimún.
-—No sé que decir… ¿Usted se enteró?
—No, ella me lo contó una tarde. Mucho antes de que se enfermara.
— ¡¿Se lo contó?! — se exaltó Eliseo.
—Así es… Ella, al fin y al cabo, fue la más honesta de los dos. Tal vez no la amé como debía, tal vez ella no llegó a amarme como creí… Pero tenía su manera de amar y eso implica mucha honestidad y valentía.
—De todas maneras, no la habrá felicitado por haberle confiado semejante confesión.
—Tiene razón… Al principio me sentí muy desilusionado, defraudado. Mi propio orgullo no me preemitía ver por que se generaron las cosas como derivaron. Aún, enferma y todo, no llegaba a perdonarla. Incluso porque Abril, seguía habando de su amante en el sur. Yo no entendía por qué lo hacía, me preguntaba el porque de continuar clavándome ese puñal traicionero. Demasiado tarde me di cuenta que lo que ella me contaba era lo que había conseguido en su vida para ser feliz, ese momento que nos llevamos. Lo único que podemos llevarnos. Ese hombre le había hecho sentir y conocer aquello que yo no supe nunca enseñarle ni darle.
—Dice que ella encontró en ese hombre las cosas que la hacían feliz, ¿Verdad?
—Más que eso… Como mujer, no necesitaba tantas cosas, solo tener la libertad de sentirse parte de algo, de un todo, de un mundo dentro del mundo…. El día que yo comprendí eso, fue el mismo día que aferré su mano antes que partiera. Ahora la extraño, la extraño a horrores. Es el precio que debo pagar por lamentar lo que nunca he valorado.
Eliseo reflexionó lo que decía Alberto. El tramo de regreso se hizo más corto. Al llegar, bajaron de sus caballos y Alberto se acercó a Eliseo para acordar el precio de la guía.
—Esta corre por mi cuenta — le respondió Eliseo— Hágame el honor.
Alberto le extendió la mano en señal de agradecimiento.
—Quisiera preguntarle algo más si no le molesta— le dijo Eliseo a lo que el porteño asintió sin problemas.
— ¿No necesita conocer a el amante?… Sabiendo que vive cerca de aquí…
Alberto ensayó una sonrisa tenue y le respondió.
—Se me ocurrió por un momento, solo para agradecerle…. Pero… no sé.
—De todas maneras, quiero decirle una cosa más. Trate de no castigarse, tal vez el precio que usted dice sea justamente el que encontró su esposa… Ser parte de algo, encontrar su sitio más allá de lo material… Creo que usted me comprende.
—Sí, lo sé… Tengo ese sito, mi querido amigo, tengo que hacer ese camino con un hijo que tenemos.
Eliseo volvió a asombrarse.
—No sabía que tenían un hijo.
Alberto tardó en responder a eso, pero se sentía bien conversarlo con aquel baqueano.
—En realidad, no es mi hijo, sino uno que concibieron mi esposa y su amante. Tiene once años.
— ¿Y su amante lo sabe?
—No, ella me hizo prometerle que no lo hiciera.
Eliseo se sintió más confuso que nunca en aquel día.
—Pe… pero… ¿Por qué?
—Ella no quiso complicar el mundo de aquel hombre que le había prestado su paraíso… Pero, no sé. Tal vez un día tendré que decirle al muchacho la verdad. Tiene su derecho a su camino y para ello debe saber de donde viene. Como decimos… Ese será su lugar en el mundo.
Alberto volvió a saludar al baqueano, dio media vuelta y se fue lánguidamente hacia donde estaba su camioneta.
Eliseo lo acompañó con la mirada hasta que la camioneta de aquel hombre se confundió entre la arboleda y el sendero sinuoso de las montañas.
El guarda parques se acercó a Eliseo para conversar.
-¿Y?… ¿Cómo fue el paseo con el porteño?
Eliseo suspiró y miró al cielo.
-Bastante revelador… Una extraña vida la de ese hombre.
- ¿Por?
- Tal vez seamos todos extraños después de todo.
El guarda parques lo miró sin comprender de que hablaba.
-¿Qué querés decir?
-Yo me entiendo… La verdad es que me contó una historia tan increíble, que con todas esas emociones que me provocó, no tuve oportunidad de saber al menos como se llama mi hijo.
LUIS NELLA